ENTREVISTA A LEVAN AKIN
Director de la película "Sólo nos queda bailar".


Pregunta: Eres descendiente de georgianos pero vives en Suecia. ¿Cómo surgió este proyecto?
Levan Akin: En 2013, unos chavales valientes quisieron hacer un desfile por el Orgullo en Tiflis, en Georgia, y fueron atacados por una multitud de miles organizada por la Iglesia ortodoxa. Vi esto y sentí que tenía que abordar el tema de algún modo.

P.: La fluidez y la sensualidad de la dirección son impresionantes. ¿Podrías hablarnos un poco sobre el rodaje? ¿Hubo alguna dificultad?
L. A.: Ha sido mi primera vez dirigiendo en georgiano, que no lo hablo con fluidez, y he trabajado con actores que no son actores en localizaciones reales. Todo está basado en historias reales que he ido recopilando y todo está en constante evolución. La fase de documentación fue muy extensa. Viví con los protagonistas y los grabé con mi propia cámara, por eso hemos labrado una relación tan cercana, tan íntima. No había barreras, no ha sido forzado, ha salido de manera totalmente natural.

P.: ¿Cómo abordasteis los castings? ¿Puedes hablarnos de los actores y decirnos por qué los escogiste?
L. A.: Hice muchas entrevistas durante la fase de documentación y conocí entonces a gente que aparece en la película. A Levan Gelbakhiani, que interpreta a Merab, lo descubrí por Instagram. Es bailarín y le pedí que escribiera algo sobre sí mismo y que, cada vez que nos viéramos, me lo leyera. Poco a poco, entablamos una relación de confianza y me inspiré en su entorno y en su vida. Conocí a Bachi Valishvili, que interpreta a Irakli, en uno de los castings y le hicimos actuar con Merab. Hubo química al instante. Además, nos enteramos de que había bailado danza georgiana durante 7 años. «Quería explorar cómo un encuentro puede hacerte valiente y libre»

P.: ¿Vuelves a menudo a Georgia? ¿Qué sientes con respecto las generaciones jóvenes que crecen allí?
L. A.: Con este proyecto he vuelto muchas veces. Mis padres llegaron a Georgia procedentes de la diáspora turca y yo nací en Suecia, así que íbamos mucho cuando era pequeño, en la etapa Soviética. He visto Georgia de muchas formas desde entonces. La generación joven de ahora es como la de cualquier otro lugar del mundo: todo está globalizado y crecen con la misma cultura popular. Sin embargo, en Georgia existe una brecha enorme entre esta generación y la genera- ción anterior que vivió durante la Unión Soviética.

P.: ¿Tienes la impresión de que la gente, en todo el mundo, se va haciendo más tolerante con las cuestio- nes de género y sexualidad?
L. A.:
Sí y no. En ciertos aspectos, parece que estemos yendo hacia atrás en algunos países europeos. Es el análisis que yo hago, pero parece que los extremos se están polarizando cada vez más en todo el mundo.


P.: ¿Puedes contarnos un poco más sobre la cultura de la danza tradicional georgiana que se retrata en la película? ¿Cómo de importante es esta danza en la cultura de Georgia?
L. A.:
Tiene un papel muy importante. Todos los niños y niñas en Georgia van a clases de baile desde pequeños. Es igual que, por ejemplo, el karate, que en Japón tiene un papel muy relevante en la cultura. La inclusión de la danza georgiana en la película nace de una de las entrevistas que hice con un bailarín georgiano. Además, sé por mi propia familia que el baile ha tenido siempre un papel fundamental en la historia y la cultura de Georgia. Yuxtaponer la danza georgiana tradicional con la «nueva» fue la opción evidente para la película. Al principio, fuimos ingenuos y pedimos apoyo al prestigioso Ensemble Sukhisvhilebi y que contribuyesen en la película aportando bailarines, etc. Nos dijeron de inmediato que la homosexualidad no existía en la danza georgiana y nos pidieron que nos fuésemos. El director de la compañía llamó a todas las demás para «advertirles» sobre nosotros. Este encuentro nos resultó muy frustrante y complicó mucho más nuestro trabajo. Tuvimos que trabajar con mucho secretismo y bajo presión. Teníamos hasta guardaespaldas durante el rodaje.


P.: ¿Cómo fue producir en Georgia, teniendo en cuenta tus vínculos con el país, y dado que tu principal experiencia profesional procede de producciones suecas?
L. A.:
Fue interesante, sin duda. Me di cuenta de lo sueco que soy, en realidad. Pero, una noche que estuvimos grabando hasta tarde, mi frialdad escandinava se desvaneció, y todo el equipo quedó encantado porque dejé salir mi lado geor- giano. En Suecia hay una cultura de consenso, pero en Georgia la diferencia de opiniones y los ánimos enardecidos son la norma.


P.: Se trata de una historia de amor universal. ¿Puedes hablarnos un poco sobre cómo encontraste el equi- librio entre una temática universal y lo que hace que esta historia sea, al mismo tiempo, muy diferente de lo que ya se ha visto?
L. A.:
Para mí, la situación actual de Georgia y de otros países de la antigua Unión Soviética en este momento es muy deli- cada. Cada país es diferente, claro, y en el caso de Georgia, los arraigados valores tradicionales tienen mucho peso en la situación actual. Los valores occidentales se ven como una amenaza para las viejas costumbres georgianas. Y, para un país que ha sido conquistado una y otra vez a lo largo de los siglos, mantener su identidad cultural se convierte en una cuestión de supervivencia. El idioma georgiano, su antiguo alfabeto, la cultura vinícola y gastronómica, etc. son de gran importancia para ellos. Con esta película, pretendo mostrar que, aunque uno se abra y se mueva en una dirección diferente, puede seguir manteniendo sus tradiciones.


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Texto: Avalon ©
 

 
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