ENTREVISTA A GILLES LELLOUCHE
Actor de la película "Thérèse D.".


Pregunta: En trece años de carrera, es su primer papel dramático.
Gilles Lellouche: Jacques Maillot ya me había dado un papel dramático en Un singe sur le dos, una película para Arte. Claude me ofreció otra oportunidad, una mucho mayor porque no abundan personajes tan bellos y complejos como el de Bernard.

P.: ¿Por qué cree que nadie le ha imaginado antes en un registro similar?
G. L.: No lo sé. Aunque avance con gran libertad en mi profesión y tenga ganas de romper las certezas que se tienen acerca de mi trabajo, no puedo ir contra ciertas ideas. Claude Miller tuvo la audacia de hacerlo. Soy consciente de que su elección no era obvia para todo el mundo.

P.: Cuando habla de cómo se conocieron en el Festival de Marrakech, dice que se sintió intimidado a la hora de darle el guión.
G. L.: Es el mundo al revés, pero Claude tiene un gran pudor. Es un monstruo del cine, cualquier actor estaría encantado de que le propusiera un papel, pero él se disculpa por hacerlo. Recuerdo perfectamente este primer encuentro, sencillo, afectuoso. La idea de rodar con un director como él casi me hace perder la cabeza.

P.: ¿Conocía la novela de François Mauriac?
G. L.: La había leído en el instituto. Volví a leerla y a redescubrirla. Claude me había avisado de que la construcción era diferente de la que él y su coguionista Natalie Carter habían escogido. Me explicó por qué habían decidido tratar la historia de una forma lineal y no a partir de flash-backs como en la obra literaria. Insistió mucho en el hecho de que habían permanecido fieles al espíritu de la novela, sobre todo a los diálogos. Quería que me sumergiese en el texto. Leer Thérèse Desqueyroux me aportó muchísimo. Mauriac describe los personajes con una precisión casi quirúrgica.
P.: En la película, Bernard Desqueyroux es mucho más humano que en el libro.
G. L.:
Claude y yo compartíamos nuestra visión de Bernard y también sus preguntas. No queríamos que fuera un perfecto gilipollas ni que se limitara al personaje del burgués ahogado por las convenciones. Pero tampoco debía ser capaz de escapar de la autoridad materna. Bernard es ante todo un enamorado. Si se lee entre líneas, es lo que se ve.

P.: Un enamorado que nunca llega a declararse.
G. L.:
No consigue abrirse a los demás. La última escena de la película me conmueve especialmente, cuando lleva a Thérèse a París. Le hace preguntas, le gustaría entender a su mujer, hablarle. Está loco por ella, siempre lo ha estado, pero se limita a decirle que ha pagado la cuenta. Me entran ganas de llorar pensando en esta escena. Me ayudó mucho para construir el personaje, contiene toda la psicología de Bernard.

P.: Comunica a la perfección su impotencia para escapar del yugo familiar.
G. L.:
Es un tipo que no está a la altura, no está completo, y es consciente de sus limitaciones. Adopta aires de falso patriarca; por ejemplo, cuando su hermana Anne se fuga y va a buscarla, le da un tirón de pelo. Pero Bernard no asusta a nadie. Solo entiende la horrible situación en que se encuentran todos cuando ve la extrema delgadez de Thérèse después de la reclusión que le ha impuesto la familia. Solo entonces consigue madurar. Durante el rodaje, Claude y yo teníamos mucho cuidado para saber de qué Bernard hablábamos, del patán atontado que solo tiene ganas de salir de caza con sus perros, del burgués, del enamorado? Cada vez había que añadir unas pinceladas. Bernard puede ser un hombre terrible. Cuando Thérèse le observa durante la procesión, entendemos la frialdad que siente por su marido.

P.: La película, al igual que la novela de Mauriac, dice mucho de la burguesía de la época.
G. L.:
La vida provinciana era horrible. Claude no se cortó y usó una ametralladora, disfruté mucho.

P.: No había trabajado con Audrey Tautou.
G. L.:
Nos dimos cuenta inmediatamente de que nos habíamos embarcado en una aventura poco habitual. Estábamos entusiasmados, no queríamos defraudar a nadie. Durante el rodaje, quedábamos cada noche, cenábamos, hablábamos. Audrey está soberbia en el papel de Thérèse; comunica una dureza, una oscuridad y una profundidad hasta ahora desconocidas.

P.: Es la primera vez que rueda una película de época.
G. L.:
Es una sensación fascinante. Recuperé el placer del espectador que sigo siendo al encontrarme entre coches antiguos, trajes y sombreros de otra época. Es un placer algo infantil que da otra dimensión a la interpretación.

P.: Háblenos del rodaje.
G. L.:
Fue un ambiente muy concentrado y a la vez muy relajado. Todos estábamos cerca de Claude; sabíamos que estaba enfermo y nos dábamos cuenta de lo bien que le sentaba la película. Rodábamos a 90 kilómetros de Burdeos, pero él debía ir a la ciudad cada mañana para una sesión de radioterapia. Aun así, siempre nos enviaba un pequeño mensaje. Fue un rodaje con una gran carga humana.

P.: ¿Cómo le dirigió Claude Miller?
G. L.: Como cualquier gran director, Claude no impone nada, aunque en realidad no hay nada que no esté impuesto por él. Claude siente un amor desmesurado por los actores. Se acerca, dice algo bajito. Nunca habla en voz alta delante de los demás. Me ha dicho frases que no olvidaré nunca, cosas muy sencillas.


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Texto: Golem ©

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