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CINE Y ESPECTÁCULOS
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LA METODOLOGÍA DEL SILENCIO
(Película "Los Límites del Control".
Madrid. 29 de septiembre de 2009)

J. G.
(Madrid, España)

Los Límites del Control
Ficha Técnica  
Banda Sonora

Las palabras de Rimbaud en el poema “Le bàteau ivre” sirven para adentarnos en el complejo mundo urdido por Jim Jarmusch que palpita junto a la figura de Isaach de Bankolé. El espíritu de soledad que le rodea es tan denso que en los créditos aparece como Solitario. La película es un espacio abierto, una incógnita desde el principio. Hombres de negocios, secretismo, información privilegiada pululan en torno a su estela neblinosa; comienza el juego. Sólo hay un propósito que cumplir, Bankolé es el elegido para ello. Los hombres de negro lo espían todo con un disimulo que se huele en la distancia.

 
Jean-François Stévenin (izd) y Alex Descas (dcha)  
Tilda Swinton e Isaach de Bankolé
La matemática descriptiva comienza en el aeropuerto de Madrid, el ambiente high tech va implícito con el trabajo de Bankolé. “Los Límites del Control” recorre paisanajes del subconsciente. España de Norte a Sur y viceversa; es un viaje hacia el interior de un hombre mediante el reflejo de la luz solar. Los rasgos arquetectómicos forman parte de la piel que viste Isaach de Bankolé. Su cara es una puerta infrnqueable, sin mímica. ”La vida no vale nada” reza uno de los eslogans que definen a la película. No es tuya porque siempre hay alguien que la maneja, adelantando su caducidad o prolongando una agonía erguida. La fascinación que escupe Bankolé arranca desde la primera imagen gracias a su frialdad caoba. No altera, camina por la línea de la diciplina Tai chi para canalizar su fuerza; poco a poco va ejecutando un plan en el que es manipulado. Se deja llevar por el Destino, disfruta del silencio, saborea el paisaje de una España diferenciada. La elegancia de la terminal T4 se mezcla con el paraje desagngealdo que rodea a la casa almeriense de Joe Strummer, convertida en guarida de venganza.

La comunicación que surge durante la película rara vez se produce a través de la palabra. Esta forma de contacto experimenta un bucle situacional divertido. A partir del tercer tramo repetitivo, se convierte en algo consustancial a su argumento: cargante si se analiza por separado y esencial visto en conjunto. “Los Límites del Control” es una rueda que gira en constante repetición. Los actores van cambiando de cara, las letras dirigen el contacto monosilábico en forma de mensajes cifrados que desaparecen como una hostia sagrada.

Isaach de Bankolé es "Solitario"

Jim Jarmush ha usado la idea que William S. Burroughs escribió en un ensayo, de título homónimo, sobre la manipulación de las palabras como mecanismo de control para construir una cinta de casi dos horas llena de interrogantes. Su compromiso con la vida no atiende a creencias, manifestándose en forma de presente. Lo importante es el momento, la meta se va acercando si se sabe meditar cada minuto. Jarmush recuerda a Godard en su forma de parir su última obra. La ausencia de storyboard confiere la frescura de la espontaneidad, el actor se encuentra con el terreno más libre para la improvisación. En “Los Límites del Control”, el análisis no viene de parte de su director sino que es Bankolé, el solitario, quien se dedica a observar con su lupa particular hasta el detalle más minucioso que se encuentra. Es amante de la simetría, las formas perfectas y las cifras pares. La manera de doblar sus ropas, de llegar a los sitios nuevos, de sentirse pasajero cómodo reponde a un esquema racional de cada situacion.

Isaach de Bankolé  
Isaach de Bankolé
Toda esta labor adquiere peso gracias al trabajo fotográfico de Christopher Doyle, colaborador de Wong Kar-Wai y Duo Iuo tian shi. Su imagen es purista en volúmenes y colores. Los planos interiores son estudios de geometría compensada con una tonalidad supina. Hay poemas de visión arquitectónica dentro de muchas tomas. La película guarda la naturialidad que da el 35 mm. La perfección del digital se deja para los FX interplanetarios. Aquí, la calidez del soporte químico permite un mejor trabajo con la luz natural sin necesidad de ordenador. Las imágenes forman parte de encuadres suaves. La apreciación que Doyle tiene del movimiento depende de cada instante. La habitación se muestra como un espacio vital para Bankolé, dentro de su soledad. El trabajo de Doyle equipara los puntos de luz con estados de ánimo. En Japón, cuando alguien se sienta en el suelo, la habitación se reafirma como espacio positivo y el mobiliario negativo. Occidente posee una percepción opuesta del mismo comportamiento. Bankolé busca el equilibrio entre los dos mundos y entre la mente y el cuerpo.

La simbología impregna la película de un nuevo aroma.
Isaach de Bankolé es un pisolero sofisticado, mutante. El moscardón negro que rebolotea sobre su cabeza, un espía juguetón; su interpretación ante la cámara, una venganza fría. Es un depredador nato. ¿Podremos descubrir al final los límites de su control?

 

J. G.

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