¿Cuántas veces se ha repetido a nuestras cabecitas que los niños vienen de París, o que los trae la cigüeña? ¿Cuál era su propósito?: mitigar un trauma o querer esconder una verdad que termina conociéndose, muchas veces de una forma insana y poco pedagógica. Nos venden su mentira como elemento religioso que va en el lote de la educación practicante de una mística iconográfica. La fantasía cubre la realidad infantil mientras los infantes menos privilegiados mueren despedazados por bombas dirigidas por órdenes humanas se santiguan por delante a la vez que asesinan en nombre de una religión o la defensa nacional. El león protege a sus cachorros para que no sean devorados por otras razas más agresivas, dice el agresor, y menos compasivas. La navidad, con los Reyes Magos como colofón festivo, está para creer en su mentira. Sabemos que no es un sentimiento sino un negocio. Los Magos de Oriente funcionan muy bien en el Evangelio de Mateo, eran astrólogos que actúan como figurines espirituales en los que depositamos deseos materiales. Hemos acaparado su intención. No es lo mismo adorara a una persona que satisfacer las peticiones de millones. Nunca traen regalos que paren las guerras actuales ni iluminan a los tiranos con ética en la que nadie salga beneficiado a costa de pisotear al otro, al que los vencedores llaman enemigo, terrorista, narcotraficante o corrupto. ¿No se darán cuenta de que al saltarse la legalidad internacional se están convirtiendo en basura que ni los gusanos son capaces de devorar? Los excrementos de camello que trafica con la paz crecen con mierda que suplanta al oro, incienso y mirra. Su desfile tirando caramelos es una bomba para los desfortalecidos dientes de jovenzuelos que luego se hincharán a bollería y reclamarán un servicio odontológico gratuito. Estas golosinas son el fentanilo legal que mata progresivamente.
No creo en un Baltasar al que aún hoy todavía embadurnan la cara con colorete negro o betún. Tampoco en sus barbas falsas ni en el paseillo que para los niños lleva escrito en la cara la palabra regalo con mayúsculas. En esta época de villancicos comerciales, los Reyes Magos son materiralistas. No creo en los que viajan en AVE para llegar antes a su destino. Se supone que la ecuanimidad que reparten debería ejecutarse sin fronteras. Son unos cobardes porque no pasean por las zonas de conflicto ni por donde la hambruna invade el terreno con desfiles que el mundo libre goza. Su llegada es otra mentira que fracciona más al planeta entre ricos y pobres, entre quienes se permiten el lujo de creer en esa ilusión y quienes no pueden. Mientras unos niños desfogan su histeria abriendo regalos que luego no servirán para nada, a otros se les abren las carnes a bombazo limpio. Paralelamente, los líderes adultos disfrutan con sus juegos de guerra sintiéndose reyes de una magia fúnebre y asesina. Y se llaman maduros (con mayúscula y minúscula). Hasta la monarquía es caduca.
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