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CAMINO A LO "MODERNO"
Película Perugino: El renacimiento eterno
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica |
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Los panoramas de este documental se asientan con entidad pictórica. Las imágenes, cuajadas de paisaje umbro, son la antesala de una exhibición que capta la instantaneidad y que nunca hizo del drama el punto fuerte de su trazo. La obra de Pietro Vannucci y la propia película transitan por horizontes apacibles con el lago Trasimeno como telón de fondo. Este protagonismo potencia un ambiente sosegado, plácido, sereno y callado donde el infinito se pierde y la luz se funde con las montañas. Las nubes proporcionan tranquilidad y llenan de reposo la armonía colorista.
Los más de quinientos años de su muerte son motivo merecido para recordar a una figura tan destacada de su época y para aproximarnos a ese 'estilo moderno', que influyó en generaciones artísticas posteriores. La objetividad histórica lo califica, después de Giotto, como el pintor que desarrolló un lenguaje gráfico nacional en Italia. Su pintura muestra un dibujo perfectamente definido, rico cromatismo, equilibrio y delicadeza en la composición y en los gestos.
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Pietro di Cristoforo Vannucci nació, a mediados del siglo XV, en el pueblo umbro de Castel della Pieve (actual Città della Pieve) en la frontera con la Toscana y muy cerca del Lazio. En estas calles encontró su afición por los pinceles mientras trabajaba en el negocio del padre (persona importante en la ciudad, frente a lo que escribiera Vasari). El descubrimiento de formas y luz paisajística lo animó a marchar con destino a Perugia, en donde los encargos privados y religiosos suponían un aliciente extraordinario para el incremento de orfebres, arquitectos o pintores con ganas de probar suerte. Observando la pintura umbra y sus sencillas formas de narración, se impregna de paisaje, luminosidad, ornamentación, colorido...
Se traslada a Florencia para trabajar e instruirse con el maestro Andrea Verrocchio, que regentaba un taller multidisciplinar de pintura, escultura y orfebrería. Era el más prestigioso de su época. Allí se encontró con jóvenes que llegarían a ser los más grandes: Botticelli, Ghirlandaio, Lippi, Lorenzo di Credi, Leonardo da Vinci… Tras varios años de aprendizaje, como era costumbre, se da de alta en el gremio de pintores de Florencia –ya desligado del de médicos y farmacéuticos– y puede trabajar de forma independiente. Sin embargo, no ganará reconocimiento en la ciudad hasta 1480. Tres tablas pintadas para el convento de San Giusto alle Mura suponen su consagración florentina. De ahí en adelante, todo: Roma, el Vaticano, la Capilla Sixtina, Venecia, Bolonia, Ferrara, Milan, de nuevo Florencia e infinidad de sitios más. Pietro Vannucci gozó en vida del éxito y la fama. Sus trabajos eran admirados y reconocidos por doquier; durante años, los más grandes solicitaron sus servicios; pintores de todos los países de Europa llegaban a aprender su estilo y sus talleres de Florencia y Umbria creaban sin descanso; de hecho, su pintura no fue simplemente un medio de vida sino un negocio productivo, en cadena, con asistentes –entre ellos Rafael– que repetían incansablemente los cartones diseñados por él, aunque, no por eso, exentos de belleza y maestría. Pero el tiempo y el aburrimiento no perdonan y el que había estado en la cresta de la ola, pasó de moda. Su declive y caída se deben, en parte, al cambio en los gustos, al empeño en recorrer los caminos trillados, a la grandiosidad de sus colegas y alumnos y a la labor de zapa de Giorgio Vasari que, con sus ácidos comentarios en Le vite de' più eccellenti pittori scultori e architetti, se convertiría en una especie de bloguero actual tratando de captar y entretener al personal con datos y anécdotas difícilmente creíbles, un juicio estético que deja bastante que desear, una documentación poco consistente y un aliño de retratos de artistas, en ocasiones inventados. Si la nueva generación de pintores de finales del XV eclipsó a Pietro, el escritor aretino dinamitó su figura mientras ensalzaba las de Miguel Angel, Leonardo o Rafael en un relato donde las anécdotas se mezclan con el descrédito al umbro: ‹‹torpe, mal pintor, arribista, avaro, capaz de realizar cualquier cosa para salir de la miseria...››. Mal escapa quien tropieza con un crítico tan enconado. |
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Lorenzo de Médici, oligarca populista, había conducido a Florencia a un desarrollo cultural y económico nunca visto. A la muerte del Magnífico, el fanático predicador y monje Savonarola, muy crítico con los desmanes de la Iglesia y el gobierno, defendió una reforma eclesiástica, se alzó con el control de la ciudad e implantó un sistema teocrático de estrictos cánones morales que afectó a todos los órdenes de la vida. Se prohibieron los objetos de lujo, espectáculos, juego y saraos; se torturó a homosexuales y prostitutas; se destruyeron innumerables esculturas, obras de arte, libros... Los artistas debieron ajustarse a unas reglas precisas para desarrollar su trabajo; otros tuvieron que huir por miedo a la prisión o a perder la vida. Pese a simpatizantes o detractores, las revueltas eran constantes. El papa Alejandro VI excomulgó al dominico díscolo, lo mandó arrestar y lo envió a la hoguera sin miramientos.
En aquellos tiempos convulsos, el Perusino se mantiene alejado de la política, centrado en pintar; sin embargo se aprecia en sus composiciones una cierta influencia de la situación; como ejemplo, en el retrato de Francesco delle Opere se ve como el banquero sujeta un papel con la nota Timete Deum, frase del Apocalipsis que Savonarola, a imitación de San Vicente Ferrer (dominico también), utilizaba frecuentemente en sus sermones: «Temed a Dios y honradlo, porque se acerca la hora del Juicio». Pero, ¿significaba eso que el pintor participara de las ideas del fraile? El biógrafo Vasari niega su interés por las cuestiones religiosas y asegura contundente su afición a los placeres mundanos. Sus cuadros de esta etapa son austeros, sin transmitir emociones o sentimientos expresivos, con personajes de rostros suaves y melancólicos. Es su momento cumbre como retratista.
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Lo común en la época era que los artistas produjeran las obras sólo cuando un cliente específico, rico o poderoso, el que quería mostrar su riqueza o su éxito, lo solicitara; o, tratándose de iglesias, cuando se pretendía adoctrinar al pueblo llano mediante un mensaje visual que todos podían comprender sin necesidad de palabras. La fantasía del artesano podía ser enorme, pero nunca tanto como para que su significado resultara irreconocible según los cánones establecidos. Un cuadro colmado de alusiones clásicas era tema de conversación y resultaba sumamente exitoso.
Las obras de arte eran caras: se necesitaba mucho tiempo para producirlas, los materiales eran costosos y había pocos pintores renombrados y de talento. El comprador podía ser muy exigente en relación a la pieza terminada y aducir, entonces, que este o ese detalle se alejaban de lo esperado; por eso, para evitar controversias, se firmaban contratos de encargo muy detallados, con fecha de entrega, dibujos o incluso maquetas del trabajo.
Cuando Isabel d’Este encargó a Pietro Perugino el Combate entre Amor y Castidad, escribió: ‹‹… nos complace sea pintado por usted un combate entre Castidad y Lascivia, es decir, Palas Atenea y Diana pelean valerosamente contra Venus y Cupido. Y Palas Atenea debería aparecer como si casi hubiera vencido a Cupido, al haberle roto su flecha dorada y arrojado su arco plateado a sus pies; con una mano ella lo tiene agarrado por la venda que el ciego lleva sobre sus ojos; y con la otra levanta su lanza y está a punto de herirlo…››
‹‹… le estoy enviando todos estos detalles en un pequeño dibujo para que con la descripción escrita y el dibujo pueda tomar en cuenta mis deseos sobre este asunto. Pero si le parece que hay muchas figuras para una sola pintura, dejo a su criterio que reduzca el número como le plazca, siempre y cuando no le quite nada al esquema principal…››. |
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Pese a todo, mal acabó la cosa y ese encargo fue una de las causas de su declive.
Mientras los demás pintores crean, Vannucci se repite, no innova. Sus obras ya no gustan y la terminación de un fresco en la basílica de la Annunnziata rubrica su decadencia florentina. Un sentido de humor ácido critica la pérdida de sensibilidad del público: ¿De qué os quejáis si no he dejado de daros lo que siempre os encantaba?
El regreso a su tierra fue el lento ocaso de su obra y el final de su vida. La muerte lo sorprendió trabajando, como siempre había hecho, y con ella se alimentaron leyendas e incertidumbres sobre su destino final.
El documental dirigido por Giovanni Piscaglia, ducho en este género, es un elogio imparcial al protagonista, una defensa de sus mal apreciados méritos y un esfuerzo por situarlo en el lugar que le correspondería de no haber coincidido tantas casualidades y detractores. Por suerte ahora se rescatan figuras sumergidas en las oscuras aguas del olvido para sacarlas a la luz y dejar que brillen por mérito propio.
La descripción del personaje es sencilla y humana; no pretende su encumbramiento; relata sus triunfos y fracasos como lo haría con un individuo cualquiera. Contado de manera tan simple, sin estridencias, sin redobles de tambor, sin voces engoladas, sin alharacas, el documental llega a parecerse al propio artista.
El actor Marco Bocci es la voz que nos conduce por la vida y la obra del piavés. Historiadores, técnicos y expertos en arte añaden su visión y proporcionan entidad a la película. El coreógrafo Virgilio Sieni aporta una singular visión en movimiento de la obra estática.
Honesta la obra pictórica, honesta la obra fílmica. |
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