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EL MIMO DE UN PROTAGONISTA EN HORAS BAJAS
Película El Jockey


J. G.
(Madrid, España)

El Jockey
Ficha Técnica Vídeo    
La mención de cualquier metraje siempre viene seguido del nombre de su director. Es una fórmula identificativa que sirve para resumir la aclaración posterior. Aquí, esa premisa no funciona ya que la dirección de Luis Ortega pinta poco ante la figura de Nahuel Pérez Biscayart. La espontaneidad es un plus del actor que sabe manejar los tiempos en el relato cinematográfico. Tiempos que en El Jockey trascurren lentos, sin intención de atrapar con la novedad del plano siguiente ni la sorpresa de una diálogo ingenioso que rompa el esquema de rodaje pulcro donde el inserto importa más que la continuidad. Es razonable afirmar que sin su trabajo, El Jockey no es nada. El entramado se soluciona con una concatenación de encuadres domesticados en un montaje artístico sin que el plano secuencia, excepto para exhibir galopadas jadeantes, se lleve protagonismo. Tampoco es un vídeo musical, aunque tiene mucho de eso, con movimientos a caballo ente el flirteo bailarín y convulsiones discotequeras. Su música despierta la imagen mental de Sandro, Roberto Sánchez Ocampo, uno de los padres del rock argentino, con la canción Trigal, tirando de experiencias vividas, olor a movida y música ochentera. Esta faceta melómana no puede olvidarse sin resaltar el protagonismo del pop meloso con que Palito Ortega, padre del director, ha copado una banda sonora que resucita la canción Sin Disfraz, del grupo Virus, con olas de new wave. Su importancia se cierra en forma de homenaje a Nino Bravo en uno de sus temas más conocidos: Un Beso y una Flor, que, más allá del recuerdo, tampoco aporta nada..
 
Remo Manfredini (Nahuel Pérez Biscayart) junto a su novia Abril (Úrsula Corberó)  
Remo en su proceso trasnformador

Dentro de este jinete mudo se está gestando un proceso autodestructivo en un entorno dirigido por la mafia, ajeno a su libertad, ¿necesitado de independencia? La conversión física y mental se visibiliza en la segunda parte del drama flácido. El ascetismo de la frialdad interpretativa se refuerza con la pobreza en los diálogos, donde las miradas del cabalgador perdido son su verbo. La cámara se dedica a perseguir equinos y personas como relleno escénico, sin salsa; tampoco origina intriga en un espectador que busca el interrogante cómo aliciente para seguir el valor de los acontecimientos. Es una transmisora de imágenes limpias técnicamente que recuerdan a Leo Carax o la variedad cromática que salva un contenido concebido para sesudos. La fotografía irreprochable está firmada por el finlandés Timo Salminen, colaborador habitual en la filmografía de Aki Kaurismäki.
El Jockey es un largometraje arduo para agradar, cuya sequedad ronda entre el academicismo y el cine de autor; no facilita las cosas para implicarse con los personajes y asimilar la evolución suicida que conoce el lado opuesto. La mudez de Remo, su protagonista, invade la pantalla gracias a elementos cómicos que tiran de petanca escondida entre referencias religiosas, la adicción al ketanol/ketamina y el influjo de una novia a la que está enganchado. El colocón genera uno de los pocos momentos que hacen pensar: la intención del fundido a negro que pronostica el accidente sobre el que pivota la segunda parte de El Jockey. ¿Se puede deducir que para ser libre hay que matar a cada uno de las personalidades que escondemos?¿Dónde está el límite de una metamorfosis que no puede calificarse de asesina…?, ¿o sí? La autodestrucción cede el trono del destino a otra identidad que necesita abandonar el pasado. La urgencia transformadora para seguir vivo forma parte del elenco aunque no queda claro el sentido de idea maquinada, meditada, provocada o encontrada por casualidad. Ahora, nada es igual en un tipo que ha cambiado la indumentaria ajustada por el envoltorio de jarrón roto que rodea su cabeza. El recuerdo a Marge Simpson revolotea con aura descubridor de sensibilidades. Es más, quiere esa identidad nueva que cambia el registro interpretativo. La destrucción da paso a la reconstrucción; de la huida, Remo Manfredini se sumerge en una aceptación deseada. Luis Ortega ha construido una escusa para hacer del cambio de sexo una necesidad dormida por el peso de la anulación deseada. Lo caótico se apodera de una película olvidable que, si no la tratas como sutil, refinada, exuberante en su exceso, arriesgada o valiente, pueden calificarte de analfabeto cinematográfico
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J. G.


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