Cuando la muerte cercana se diagnostica con precisión quirúrgica, el afectado tiene la opción de disfrutar esos últimos días sin que el final estuviera próximo o acortar el proceso de espera. La segunda opción se impone en un drama con pelaje musical. El planteamiento se aproxima a una temática recurrente en el repertorio cinematográfico. El temor a apagarse resiste respetuoso entre los vivos, incapaz de esfumarse: una sombra que pasa de cuerpo en cuerpo como pensamiento tan volátil como la fisicidad humana. Es su ceniza más pura. El diagnóstico de un desenlace cercano asusta aunque vivamos con su presencia. La decisión personal se comparte como un protagonista más en el nido de dos enamorados decididos, por convicciones personales y acuerdo de pareja, a compartir la aceleración del acabamiento. Lo que debería encararse como un diálogo entre posturas maduras se interpreta como resolución ligera, marcada por un destino romántico que desprende amor interior de entrega cosmética. La certeza y el miedo tiene caras distintas.
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La secuencia de locura inicial es un juego a cámara lenta persecutorio donde Ángela Molina, o Claudia, hace aspavientos en forma de teatro artificial. El resto de personajes que integra la acción la persigue entre coletazos de ayuda patosa, exenta de gracia, que busca en los hermanos Marx su justificación. Si las caras son el espejo del alma, en este momento nadie es real ni aporta credibilidad al esbozo de galimatías cómico. Tras la tormenta inicial viene una calma que no alberga la tragedia próxima. Un viaje a Suiza, presentado como propósito vacacional, mueve sorpresas familiares e intenciones protagónicas. La música de María Callas no aporta una atmósfera de serenidad y seriedad dignas del momento y su voz. Claudia y Flavio encaran el destino entre la elección de una y la desorientación de otro. En medio de este acuerdo matrimonial se encuentran los hijos y su reacción, aportando algo de savia (llena de sorpresa, cabreo e impotencia) a una postura que no tiene vuelta atrás. Ella es la antítesis del protagonista frágil, no decide apoyarse en la decadencia para mantenerse firme. El hombre que interpreta Alfredo Castro, presa del desmoronamiento afectivo, está marcado por una aceptación turbada. Su expresividad se enjaula en frases cortas dolidas de impotencia, de fachada tranquila y corazón nervioso. Las coreografías, donde el color blanco llena de optimismo un decorado próximo a la odisea espacial, profundizan en la mente de Claudia. Poco alegre. |
No se toma al deceso como amigo sino como alternativa que mate un proceso biológico. La vida convertida en dolor terminal comparte cama con el empuje a dar el último paso entre síntomas de Romeo poco convincente. El suicidio deja la sospecha del pánico a vivir en soledad incluso acompañado del recuerdo. ¿Dónde está el cariño, el apego al vitalismo que abraza la desaparición, las ganas de compartir el momento? Tampoco existe una comunicación meditada. Los instantes cercanos a la conclusión merecen destacarse como reflejo de la distancia entre la determinación a acabar con sus días y quién todavía concede unos segundos a la duda de un acompañamiento ¿innecesario? A pesar del la atmósfera minimalista en las secuencias danzarinas, Polvo serán defiende un relato demasiado barroco para la sencillez del argumento. |