Los artistas que sin proponérselo se ganan al público deben llamarse grandes. Este adjetivo, como es el caso de Atomic Lemons, es imperativo que se escriba con mayúsculas. Cuando eres consciente de la responsabilidad que subirse a un escenario comporta y la asumes creyendo en tu percha (junto a la valía de lo que traes en la maleta) se nota. Además, si ese equipaje que aparece enfrascado en un puñado de canciones nuevas, y otras no tanto, se destapa con una fuerza controlada e hipnótica, ¡no puede pedirse más a lo que encuentras de frente! Durante el tiempo que, desafortunada y obligatoriamente limitado, llenaron el escenario se convirtieron en los reyes de la noche. Luego vendría el grupo principal, Blanco Piñata, aunque los linarenses fueron los grandes del lugar. Dejaron el listón muy alto, se ganaron al público con la fuerza de un directo vitalista, se trabajaron cada canción con fuerza escénica e hicieron del momento una prolongación del tiempo que traía el frenesí de otra canción más.
Esto fue algo más que la presentación de melodías motivadas por su espectáculo, superó la teatralización de sus letras: significó ritmo, provocación, una voz modélica (Fran Sax) que junto al acompañamiento de sus instrumentistas convirtieron a Atomic Lemons en una fuerza más constructora que devastadora. Bueno, destruyó prejuicios, destruyó aburrimiento, destruyó lejanía entre público y actuantes, destruyó la barrera del tiempo finito y rompió las previsiones que se tenían ante un secundario que venía a rellenar espacio. Fueron una bendición para una sala radiante, cantaron con garra sin centrarse en la declamación de unas letras que contenían mensaje entre juerga y desenfado.
Se podrían gastar líneas escribiendo a cerca de cómo Atomic Lemons abordaron su entrada en Madrid, que no es la primera, cuando todo se resume en una palabra: profesionalidad. Sus temas sonaron a cabaret que no se esconde, a rock palpitante, a glam medido y elegante. Desde Mami no hasta Performance el sudor corrió por la piel de todos empapando las ganas de pasarlo bien. Los riffs de Pa mi Diosa y El mundo Today hicieron levitar entre impulsos de excitación eléctrica. El sabor a pasodoble de Torero acercó la pimienta de la copla y el ambiente de revista. Martirio al lado de Fran Sax no hubiera ocultado su placer más libidinoso. Hubo tiempo para gritar Auu!!! sin complejos y que todo, o casi todo, es una Puta mierda. Incluso el guiño dedicado a Chenoa con Cuando tú vas sonó transgresor. No se cortaron en mostrar un Ego problemático universal. El cuarteto avaló solidez trabajada, son lujo audiovisual: ese soniquete que te gustaría tener como amigo inseparable en los buenos y malos momentos. El disco que presentaron posee un título que no se anda con medias tintas. Todo muere es el ciclo de la vida. Quienes se presentaban como el plato fuerte de la velada, Blanco Piñata, fueron una anécdota.