Cuando un papa muere, la sombra de otro nace. Cuando las asambleas purpuradas finalizan con carisma sorpresivo, el totum revolutum supera cualquier previsión. El mundo se pone patas arriba, todos nos sentimos creyentes por el interés demostrado en la identidad del elegido. Después de gastar saliva sobre los logros dejados por el muerto, toca hablar de él con una credulidad ciega: esa figura que desconocemos, salvo los allegados, pero en la que ponemos la mirada esperanzadora, confiándonos a la inmediatez del dato que anticipa el futuro. Nos sentimos aliviados porque la curiosidad ha sido aplacada.
La expectación mantenida en la Plaza de San Pedro desde el día en que se inició el cónclave, convertida en palabra universal por inercia repetitiva más que por su significado, ha ido en aumento. Los ojos puestos en un hilo de humo mantuvieron la mirada en el cielo esperando una llegada divina llena de buenas vibraciones. Conocer su fisonomía es la culminación del vacío dejado entre quienes se sienten ovejas perdidas en un rebaño que ni con pastor espiritual se pone de acuerdo. El protocolo se encuentra presente hasta en la espera: la ceremonia de las manos juntas en posición oradora, los dedos cruzados mientras se castañeteaba un nombre favorito tanto adentro como a las afueras de la Capilla Sixtina. Los protagonistas lo veían todo más claro desde de su catacumba sagrada: la madriguera de donde resurgiría el faro del catolicismo que hace de la colectividad creyente la fuerza de su adocenamiento.
Las quinielas fueron certeras al triunfar uno de los favoritos, el cardenal Robert Prevost. Si Neil Armstrong fue el primer hombre en pisar la luna, y de paso norteamericano, el otro personaje se ha convertido en el primer papa estadounidense elegido para el menester pontifical, cincuenta y seis años después de la hazaña llevada a cabo por el astronauta ohaiano. La palabra periferia se transforma en un vocablo común con carácter informativo mientras un nombre nuevo de la dinastía papalina romana, León XIV, tapa, al menos oficialmente, a Robert Francis Prevost Martínez. La gente está exultante en la explanada de los brazos abiertos, el habemus papam se corea con intensidad repetitiva, festiva y ferial. Los allí congregados se armaron de paciencia pontificable para justificar la espera: conocer un nombre para colmar la incógnita religiosa que más tarde desparecería de la explanada vaticana. El nuevo báculo, con el distanciamiento que la cercanía protocolaria dispone, salió al balcón de la basílica de San Pedro para dejarse ver en la primera toma de contacto con sus feligreses. Una impresión inicial sirve para familiarizarse con una imagen que se hará familiar. León XIV, de rostro relajado, recordó a Benedicto XVI en la vestimenta, alejada de la sencillez de Francisco. Sus manos entrelazadas, pegadas a una panza recubierta por un atuendo aparatoso, hacían de la indumentaria un colchón sobre el que su armonía gestual descansaba. La sonrisa tranquila junto a la mirada relajada y fría marcaban el distanciamiento entre la balconada mística y su cofradía. Algunos pensaron en su procedencia norteamericana y la cercanía trumpista que podría existir; sin embargo, el papa reciente es un hombre anti-histriónico, alejado de la empatía trasmitida por Francisco. La cuna norteamericana del hombre nacido en el norte y formado teológicamente en el sur, ¿servirá como nexo para hablar con Donald Trump de tú a tú? ¿Será un Sumo Pontífice viajero?, ¿hasta dónde llegarán sus preocupaciones? Hoy tocan los elogios y felicitaciones por el triunfo logrado.
Se presume de raíces españolas por el apellido materno, se presume de nacionalidad peruana adoptiva, otros de su oriundez pero no se presume de figura transfronteriza. ¿Habrá problemas internos que manchen el traje papal? León XIV, nacido en el norte y formado teológicamente en el sur, ¿será un Sumo Pontífice viajero?, ¿hasta dónde llegarán sus preocupaciones? Hoy tocan los elogios y felicitaciones por el triunfo logrado. ¿Respeto o/y pleitesía? Ya habrá tiempo para rebuscar trapos sucios cercanos a su persona institucional, si es que existen: toca saborear una textura nueva. Las investigaciones sobre los casos de abusos físicos y morales de la Iglesia no se cierran con pedir perdón sino que los culpables rindan cuentas ante la justicia civil. Su cúpula es tan grande que no deja de sorprender en singular y plural.
El espectáculo estaba servido entre remolinos de banderas y gritos coreando el nombre de una persona no la necesidad de su labor. Con tener a alguien que conduzca a la masa, ésta se da por contenta. León XIV no se enfrenta al trabajo fácil de hacer de lo eclesial un argumento que defienda el respeto al ser humano no a estatuas ni apelativos asumidos culturalmente, que desafíe a las guerras condenando al opresor sin tregua con su nombre y apellido. En la película de Andréi Konchalovski The Runaway train, el director de la cárcel de máxima seguridad que centra su argumento dice ‹‹Primero está Dios, luego yo, los perros y tú››. El vicepresidente norteamericano J.D. Vance ha reculado en unas afirmaciones que priorizaban el amor cristiano hacia la familia, luego hacia los vecinos, la comunidad, los compatriotas, y lo que quedara iría para el resto del mundo. No se trata de una interpretación moral basada en el Ordo amoris de San Agustín, defensor de la jerarquía teórica del amor ordenado.
Ese rastro de sangre hispánica que corre por sus venas, ¿le inducirá a revisar los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede de 1979? ¿Apoyará la laicidad que muchos españoles desean, más allá del Estado aconfesional dispuesto en el artículo 16.3 de la Carta Magna? O, como se viene pronosticando con convencimiento omnipresente, ¿su mandato será un continuismo del papa anterior sin promover reformas que modifiquen estructuras petrificadas en su poder? |
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