Está escrito en el calendario que España, hoy, debe vestirse de fiesta. Debe ponerse el traje de celebración histórica, debe alzar la voz aunque sea vocinglera, pintar de colorines un día dedicado a la conmemoración del triunfo racial. España no tiene fronteras. La frase sugerida a Carlos I de España por fray Francisco de Ugalde de que ‹‹bajo el imperio español no se pone el sol›› cobra un sentido carnavalesco donde la pluralidad exhibe sus rasgos faciales y la adaptación a un medio que ha acogido y rechazado según interesa. Entendidos como mano de obra barata y a veces camuflada, aceptación ha sido absoluta. Los patriotas cantan henchidos de espíritu popular junto a la defensa de nación española. En las calles no se ven las fronteras marcadas por la evidencia humana militar y política -exclusionista-). Quienes son negados todo el año tienen su día de integración mientras los revienta cabezas se esconden del grupo mayoritario ante ellos. Hoy no toca ir a por el ‹‹sudaca›› no reglamento sino, en todo caso, exaltar los valores conquistadores ante los sometidos. La masa integra mucho. Una masa que se siente adaptada por su acogida, y está bien que lo expresen, por el arropamiento que no esconde odio usurpador del trabajo. Hoy todo eso se entierra para salir a la calle desfilando la alegría de pertenencia a un entorno más próspero que el que dejaron.
¿Qué pensarían quienes vieron cómo el poder de la cruz y la espada sobre tierras sudamericanas extinguieron su religión y sometieron sus tradiciones hasta culminar una limpieza étnica acomodada en la evolución generacional. Una imperiofilia que el paso del tiempo ha aceptado como principio del desarrollo cacique. Cabe preguntarse si los nativos no hubieran vivido mejor llevados por el ritmo de su evolución natural, no fruto de modificaciones impuesta. El progreso no se consigue a base del sufrimiento.
El exministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, en tiempos de Alfonso XIII, elevó esta hazaña hasta encumbrar el 12 de octubre como el Día de la Raza hoy convertido en fiesta de la Hispanidad. Si quien ha conseguido papeles, vivienda y trabajo (requisitos obligados para la integración social en España como habitante extranjero) no celebra este día ¿se está colgando la soga al cuello? El sudamericano con trabajo es un suertudo, ¿qué sucede con el orgullo del desposeído cobijado por un techo mísero compartido como ganado estabulado? ¿Qué ocurre con aquellos que las mentes supremacistas llaman ilegales y culpan de la carestía laboral? El españolismo oscuro. La Hispanidad es un escaparate para que barones autonómicos se cuelguen medallas de papel mientras el MENA es un fantasma paseado como un perro sin vacunar. Esta palabra se construye día a día lejos del exhibicionismo que propugna una jornada miserable. Este día es como la bayeta que abrillanta el forro del zapato acharolado con la bandera española que desfilará entre farra cubierta de chaya. |
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