Hacía frío pero se notaba un calor especial envuelto en la negrura de un cielo cubierto, con ganas de hacer aguas sobre Madrid. El ruido ensordecedor de una música urbana no pudo con el sabor de la algarabía callejera. La muchedumbre agolpada se movía con el ritmo melódico de una lava pacífica. Asustaba la pasividad de un océano colapsado por cargueros con las bodegas repletas de cosas inútiles. Las llamaban regalos. Quienes salían de los centros comerciales chocaban con los que entraban para calentarse, para llenar el estómago consumista; otros, hacían tiempo ante la cita que se retrasaba: punto de encuentro y ruptura para la socialización nostálgica. Y, si es viernes, lugares de quedada para el botellón adolescente. Nada para en la ciudad. La mendicidad es la bola más ajada y leal de un árbol que, un año más, es desempolvado por motivos repetidos y símbolo de trastero. La tradición acciona mecanismos que disfrutan el momento con disfraces trasparentes de felicidad. La diversidad de caras choca con la igualdad sensitiva, tentada por perritos calientes y gofres que tientan una necesidad antidieta.
Madrid es una experiencia cuando pasas desapercibido por su murmullo lumínico. La muerte, un monstruo bifronte que da sentido a esta convivencia. Los habitantes respiran y se mueven llevados por el viento navideño, sin originalidad, aunque muchos quieran tenerla vestidos con intenciones cercanas al disfraz postizo. Toca servir a la imaginación en forma de bonachón con gorro de mercadillo. Te sientes raro al no seguir el juego de la mayoría, exiliado de su gozo, apartado del placer derrochador ahora homogeneizado. La normalidad es una rutina. El anormal es quien no repite esta sonrisa ni aplaude la necesidad de contagiarla… ¡porque es Navidad!
Las calles céntricas son pasarelas nacidas al aire libre de bolsas con nombre propio, de catalogadores sociales, adeptos de una moda o reveladores de un poder adquisitivo que da personalidad. La serpiente se movía entre salidas y entradas a grandes almacenes, tragando y regurgitando constantemente, mientras el alma identificado por logotipos conocidos marcaba territorio en su paseo. El distintivo de 24 horas era una exhibición de calidad y servicio. Hay otro turismo que se contenta con ver escaparates entre el vacío de la cuenta bancaria que no llega a fin de mes. Es un narrativa distinta del cuento navideño.
El relato de una tarde cualquiera encuentra inspiración en los letreros luminosos que acompañan. Luis arropa el camino sin meta entre consejos cuidadores: cómo pagar sus gastos con mayor comodidad, el producto de última generación más asequible a su bolsillo o la crema mágica. Los mensajeros son cuerpos hermosos que garantizan una juventud eterna, nombres que se incrustan en el vocabulario reducido a selfi o Tik Tok. La modernidad devoradora adelanta el paso de la decisión meditada. Somos practicantes de su canibalismo, algo que sólo se critica en tribus alejadas de esta civilización. ¿Civilización?
Nuestro protagonista observa cómo todos hablan en su círculo cerrado, donde el otro peatón, a pesar de la proximidad, es extraño. Parece que todos se examinan, algunos se chocan, pocos piden perdón por el incidente, nadie ve a nadie en el agobio de esta cercanía. ¿Ovejas al matadero? ¿Ejemplares de una plaga aceptada y enaltecida por el Ministerio de Consumo? O es el esqueleto de una estructura pasajera que se reproduce cada año por las mismas fechas. Estamos en Navidad, y las grandes ciudades, no sólo Madrid, se convierten en un Las Vegas donde los libros se codean con las trapitos de gala. El limpiabotas que ha tomado la Gran Vía como hogar permanece fiel a su presencia junto a mendigos imperceptibles entre ropajes oscuros, eclipsados por el resplandor del gasto refulgente. Madrid de noche respira un vampirismo alegre y descorazonador que muta su piel con los primeros rayos de sol. Entre esta vorágine aparecen personas aisladas ocupando aceras apartadas, haciendo del vacío un parcela exenta del IBI, el refugio de su soledad no deseada desde la que miran y lanzan un ¡Hello! para llamar la atención intercultural. Nada cambia entre bocinas nerviosas. Es Navidad.
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