Los personajes protagónicos son elementos secundarios en un largometraje donde el papel de la tierra está por encima de las personas. El lodo es un barrizal de corrupción social, una deforestación de la convivencia humana al tiempo que las calamidades atmosféricas destrozan un hábitat hasta convertirlo en paraje hostil. Más allá de los seres vivos con dos piernas que pululan una historia oscura, la fuerza del terruño se impone al valor de las personas. La lucha entre quien la defiende por ética y los que hacen de su posesión la base del lucro personal, aunque sea malviviendo, mantiene una tensión cercana a la novela negra. Es el relato dramático de la realidad que conforma esa España escondida, convertida en tópico periodístico y narrativo que describe las miserias locales. No estamos ante una fábula ecologista ni frente a una lucha tradicional del género humano. La pelea por la supervivencia en un paraje sin ley compite con la hostilidad local y la falta de mano izquierda por parte del biólogo recién llegado. La repartición descompensada de la tierra y la gestión mala de los reservas acuíferas se enfrentan a una protección del ecosistema que levanta odios. El foco del conflicto se encuentra en las miradas distintas sobre el mismo problema: la lucha de quien salva el presente mirando al futuro frente a quienes priorizan las necesidades más cercanas.
La rebelión atmosférica es tomada como una maldición de procedencia desconocida por parte de los habitantes locales, negados a encontrar soluciones más allá del continuismo errático. El latifundismo es un mal mayor que acecha con aceptación general. El malestar externo crea un distanciamiento familiar ascendente al tiempo que el conflicto exterior se encalla. El mundo opaco desvelado habla de odio y discordia. El hijo traidor a sus raíces regresa convertido en alguien molesto para esta comunidad.
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El fango de la condición humana cubre un guion escaso en innovación que retrata al forastero como pieza incómoda en un tablero donde las piezas prefieren aniquilarse entre sí antes que un extraño venga a dictar las normas del juego. Ni Raúl Arévalo ni Paz Vega alcanzan la sobriedad de sujetos principales en la acción mientras que Joaquín Climent es un secundario de lujo que intenta juntar la razón con el corazón en este paisaje desolado y antipático. La fotografía, sin acercarse a lo agreste de Cañas y Barro, tiene su belleza sucia y amable, mezcla de aguas tranquilas e individuos groseros. Los argumentos defensores de la Naturaleza chocan con costumbres cazadoras y agricultoras. La carga dramática junta los modales toscos de los vecinos con las asperezas matrimoniales. La convivencia se convierte en la trampa perfecta para un hombre enseñado a disfrutar de la armonía ecológica en soledad. |