He aquí un ejemplo de largometraje superficial sobre encuentros carentes de ternura, alguno roto de puntillas, que terminan en amor. El tropiezo inesperado entre chico y chica es la rampa para acontecimientos que sobreviven gracias a la tapadera exterior. Desde las primeras imágenes con ambiente de cafetería, donut y te verde de máquina, el azar favorece una continuidad previsible. Los nervios impuestos por una situación embarazosa encuentran al halcón con cara de ángel que clava sus garras conquistadoras en una paloma solitaria. El acercamiento fortuito entre desconocidos marca estereotipos, se deja seducir por el cuento de una sola noche. Bea y Ben caen en la atracción facilona que ella pretende borrar de su memoria como si hubiera cometido un delito. La casualidad es la columna vertebral de una película insípida, más vulgar que original. Sus protagonistas, pasado el tiempo, vuelven a verse camino de Australia. Una invitación de boda llama a descubrir su tranquilidad con un elitismo paradisiaco que no puede tomarse en serio. Es un producto de agencia de viajes que incluye lujo y exclusividad donde la arenas trasparentes de sus playas chocan con la mentira.
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Esta comedia romántica de estudio está saturada de amantes y enemigos en el círculo del amor repetitivo. Uno días de convivencia lúdica fuerza un enfrentamiento que domestica su fariseísmo entre planes de boda desmarcados de los convencionalismos religiosos. Will Gluck, director de Con derecho a roce o Peter Rabbit, se apunta a aires de modernidad gracias al matrimonio entre mujeres, cuajado de reconciliaciones falsas. Juega con situaciones copiadas de Mucho ruido y pocas nueces con una mediación escenificada en la que sus organizadores se sienten protagonistas. El romance anterior tiene su espacio como invitado comodín de las intenciones paternas que desean activar una llama sofocada.
El escapismo de gente guapa dirige un mundo de plástico donde los chistes malos se sienten cómodos. Este universo festivo culmina con la recreación de la escena de Titanic durante un crucero por el puerto de Sídney. Cualquier menos tú es un postal sobre sus bellezas paisajísticas y arquitectónicas, siendo el Joan Sutherland Theatre el reclamo escogido. Los diálogos son fáciles y vacíos; las interpretaciones, descafeinadas; la entendimiento, pegajoso. Lo mejor de todo el metraje dura pocos minutos repartidos entre la mirada de un koala al que nada perturba y la naturalidad de un perro obediente. |