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ENTRE EL AGOBIO DE UNOS Y LA CURIOSIDAD DE OTROS
Película La mitad de Ana


J. G.
(Madrid, España)

La mitad de Ana
Ficha Técnica Video    
La temática transexual como soporte cinematográfico ilustrativo, aunque queden asperezas sociales por limar, ya no sorprende. Mucho menos de la manera en que Marta Nieto ha construido su ópera prima como directora. Se trata de una trabajo al que no se le puede quitar méritos de aventura primeriza. Se atasca en el acercamiento de vivencias trans a un mundo que huye de lo normalizado a través de su diversidad. La intentona reivindicativa se diluye entre planos desfigurados e imágenes que hacen de la plasticidad pictórica parte de una realidad enmarcada en los sueños de una madre que encuentra un reto inesperado. Si Julio Iglesias se olvidó de vivir, Ana se olvidó de quererse a sí misma, es intranquilidad y frustración que el espectador comparte al verla agonizar en la responsabilidad familiar que ella engrandece. La naturalidad de su hijo Son (el lector decidirá su sexo) no ha sido manchada por la conveniencia social. Da sentido a momentos que se sirven de espejos y desenfoques como elementos narrativos. El contraste se impone entre los comportamientos materno-filiales: una, aparentando adultez y otro, mostrándose tal como es. A pesar de que la comunicación intrafamiliar existe, el desacuerdo entre los adultos se mezcla con las frustraciones de una vida centrada en el trabajo. La consagración maternal a las labores domésticas es superada por las ganas de vivir que aún no conocen la diferencia entre tener pene o vagina. La inquietud comienza a plantearse esas preguntas. El dilema surge de manera espontánea y surrealista, forzado por la necesidad de escribir un guion en el que la trans-formación debe aparecer para llamar la atención ya que, sin esta duda, La mitad de Ana no tendría sentido. La apertura de demasiados frentes se estrella en vía muerta.
 
Ana (Marta Nieto) y Son (Noa Álvarez)  
Ana, Son y Nahuel Pérez Biscayart

La falta de consistencia sobre preguntas que exigen respuestas maduras o comprensión empática es creciente. Su banalidad encaja en la conmoción de Ana que no sabría responder si los bebés vienen de París o no. La maquinaria biológica, sin que los militantes de VOX se froten las manos, se fuerza caprichosa porque no se ofrecen argumentos que deban apoyar una decisión meditada. Una vez que la idea de transformación ha tomado las riendas de la situación se produce un cambio en el interior adulto que aparece trastocado, incapaz de comprender su porqué. Ni se profundiza ni quiere conocerse y, mucho menos, se sigue un proceso de acompañamiento y tránsito. Son no posee el carácter para defender ante el mundo la solidez de palabras que parecen haber caído en el terreno de la exploración infantil. El entorno escolar se solidariza en el aula pero no en los vestuarios, se encuentran discriminaciones sobre las que también se hace agua.
La mitad de Ana podría haber sido un reto crudo y directo a la moral temerosa del cambio, una invitación comprensiva para aquellas personas que tratan la modificación sexual como una aberración moral. Los cuadros como llamadas a la creatividad onírica o el ambiente sicodélico de los bailes discotequeros rompen la rutina de madre confundida. La película discurre sobre la difuminación visual y de contenido, apartado sujeto con pinzas enclenques a una cuerda insegura. Ni Nahuel Pérez Biscayart ni Marta Nieto brillan entre mitos arrastrados por generaciones. La presencia de secundarios lanzando chistes fáciles que no aportan nada aumenta una vaguedad empalagosa. Lo previsible zanja el asunto sobre la idea de continuidad sin intención de trans-formarse.

J. G.


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