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EL AVESTRUZ QUE HUYE DE SÍ MISMO
Película La buena suerte
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica
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El misterio de un inicio que promete intriga se desvanece en el escape sin destino. La huida de un personaje que se rodea de intenciones incentivadas por el azar, e impulsadas por el miedo a afrontar el presente, se agarra a la intención inesperada de bajarse en el próximo tranvía desde el AVE. El comienzo metafórico de este viaje se lanza al vacío de parajes solitarios, donde lo aldeano enamora con aires de quietud próxima a la España vacía. El escape describe la necesidad evaporadora que exterioriza una desenvoltura económica sospechosa para los lugareños. La situación, lejos de resultar atractiva, rechina al espectador que se instala en la historia convencional del estafador. La sospecha de encontrar un hilo tras el que investigar pronto carece de interés. El dinero, entendido por Pablo como bien inmaterial, choca con la incredulidad pintoresca que odia las bromas de mal gusto: la de el Urraca (Benito). La búsqueda del destino indefinido dibuja al elemento huidizo como la avestruz que anhela esconderse del pasado que irá desvelando gracias a la aparición de personajes que llenan el vacío de la trama con fortuna.
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El carácter existencial quiere borrar la identidad de alguien que no se encuentra cómodo en su presente ni ha hecho las paces con un ayer del que se siente culpable. El ritmo de esta floración emotiva es lento. La confesión de la anécdota trágica gana la batalla a la racionalización de un accidente. El relato inconsistente del suceso envuelve hasta tres escenarios distintos donde la desolación enmarcada en la soledad confusa y el romance se mezclan en momentos y protagonistas que rozan el suspense policial. Si, encima, una secuencia desvela la culpabilidad ¿mal escondida a propósito?, la intriga acude a su muerte definitiva.
La relación paternofilial pregona su naturaleza con discusiones a golpe de retrocesos temporales encajonados. La amenaza y el chantaje se rodean de sicarios juveniles sin importancia narrativa, poniendo el foco en las manos oscuras que los manejan. Un paisaje tan alejado de la civilización urbana encuentra en Raluca y Felipe la dulzura del sentimiento humano. El trabajo de Miguel Rellán, merecedor del aplauso, genera simpatía y respeto. Hugo Silva no resulta verosímil en su soledad continuada.
El entorno rural es un actor agradecido que contribuye a una tranquilidad vigilante sin sospecha; encuentra a alguien que confía en el recién llegado como billete para la felicidad presente y futura. La trama no convence ni es amena, tampoco cierra heridas sobre el enfoque de una vida desorientada. Quizás leer el libro homónimo de Rosa Montero sobre el que se basa la película sea más placentero y entretenido que seguir, o intentar digerir, una historia que se hace poco creíble. |
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Texto: www.photomusik.com
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