No es fácil salir bien parado de la ironía y la crítica tirando del humor. Y mucho menos cuando estos dos aspectos se ve reforzados por una venganza personal interpretada por tres mosqueteras actuales. Tres mujeres que, con facilidad, pasan del agasajo a la manipulación presas de una mentira urdida con intenciones ociosas por parte del ideólogo que va rompiendo corazones con el cabreo justificado de una princesa decepcionada y dos amigas descolocadas. Nuria, Lila y Andrea son un trío dispuesto a pasárselo bien en un universo al que jamás tendrán acceso físico. La casa ofrecida para el esparcimiento es la tapadera para ocultar un trabajito de vigilante de fin de semana. ¿Hay algo más bochornoso que estafar una amistad suplantando personalidades? Ellas lo padecen con todo lujo de comodidades. Cada una se envidia invisiblemente, pasando desde la decepción amorosa hasta la necesidad de recomponer la vida. Esa unidad parida por el desencanto las convierte en un arma despiadada contra quien ha intentado reírse de ellas: un mindundi empleado del millonetis a quien pertenece el universo domótico saboreado. Alguna se integran más que otra dentro de un mundo empapelado de mármol y conceptualismo artístico.
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El descontrol provocado por este disfrute ilimitado de lo material se topa con situaciones escrementicias sin gracia pero rellenan huecos con residuos orgánicos -entiéndase el doble sentido- fácilmente descartables, innecesarios. Dentro del conflicto cómico salen los trapos sucios que la presión social y la rutina profesional obligan a guardarse como piezas de joyería emocional. La parte dura confiesa su debilidad mientras aquella mujer que se siente más frágil, por ende necesitada, encuentra algo para comenzar de nuevo. Las irresponsables, cuyo basamento teatral hace esperar contenido interesante, sorprende por la endeblez del tratamiento que se desahoga con una orgía destructiva como venganza fiestera a una tomadura de pelo descarada. Dos secundarios conocidos no engordan este pastel. Ni Jordi Sánchez ni Berto Romero brillan en la trama. La existencia de una crítica reivindicativa hacia el papel laboral de la mujer detona una caja de truenos que explota llena de confeti, ingrediente para la frustración femenina. Sus aires refinados refrescan poco aunque tenga momentos de diálogos afinados y venganza fría que a alguien casi le provoca un infarto. |