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CINE Y ESPECTÁCULOS
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TRANCE DESÉRTICO CON INTENCIONES
DE RAVE ANECDÓTICA
Película Sirât


J. G.
(Madrid, España)

Sirât
Ficha Técnica Vídeo Sonido    
A parte de continuar una búsqueda familiar, ¿qué hace un tipo como Luis, embajador de la desesperación, en el desierto marroquí entre colegas a quienes les une muy poco? Si el comienzo del cuarto largometraje que firma Oliver Laxe tiene aspecto de cine original, definido por la aventura y la indagación, su continuidad desvaría por un festín cercano a Los Monegros. Las piezas, incluidas humanas, se van juntando en un espacio rodeado de arenisca y silencio para convertirlo en la locura audiovisual que pierde la noción del tiempo y la gravedad. La comunicación se convierte en un acercamiento corporal a través del éxtasis coloreado por el láser nocturno sobre un paisaje que debe sufrir las inclemencias de una invasión transitable, con fuerza de masa desbocada, de lo multitudinario al viaje hacia lo desconocido.
El mencionado Luis, en la piel de Sergi López, y su hijo Esteban (Bruno Núñez), al rescate de la familia perdida, se convierten en desplazados ambientales, elementos perdidos que desentonan dentro de una atmósfera ociosa inundando la explanada desértica. El sonido que emiten los altavoces anclados como talibanes de una oración repetitiva contrasta con la desesperación de un padre encerrado en una misión improductiva. Es un vagabundo del destino cuyo futuro incierto le hace preguntar entre miradas desconocidas y respuestas ya escuchadas. Su aparición repentina sigue la pista de la intuición paterna movida por el olfato de alguien que conocemos por la sombra del recuerdo consanguíneo, una impresión fotográfica y nada más. A partir de ahora será el nombre pegado en la brújula de un recorrido al que se une y del que hace partícipes a otros. La meta inicial se pierde entre paisajes deshabitados. El camino iniciado se topa con el estallido de ¿una guerra mundial? que encierra a esta caravana rodante en un mundo paralelo con sus riesgos, miedos y la manera de entender la vida, a veces ajardinada por setas y marihuana que pretenden alcanzar un cielo hipotético. Lo lisérgico gana terreno a lo místico, lo terrenal a lo espiritual envuelto en una golosina de anfetaminas sonoras que se mastican sin freno. Al final, todos persiguen al fantasma de la supervivencia.

 
Luis (Sergi López) junto a su hijo Esteban (Bruno Núñez en la fiesta 'rave'  
Algunos de los 'ravers' con los que Luis se encuentra y compartirá aventuras

El desalojo de la ocupación fiestera inicial, sin que signifique la desaparición del espíritu rave, inicia una persecución que llega a la amistad. El surrealismo y la unión respirados por los miembros del convoy engarzan el espíritu de tribu que termina haciéndose grande por necesidad compañera sin cerrar círculos, completar carreteras ni solidificar el vínculo. Esta fusión a través de la empresa que no crea complicidades, excepto las que salvan el pánico, los mantiene por interés de un guion flojo reducido a escombros. La parquedad expresiva en el diálogo sigue su marcha por el cine español para encarrilar lo que la imagen ilustra poco.
Nada del episodio emprendido tendría sentido si la desgracia no mostrara su protagonismo para causar estragos que ericen, supuestamente, la piel del espectador aún no dormido. Sirât es la travesía del puente que une infierno y paraíso (dejados a la interpretación personal del lector), un camino interior que empuja a morir espiritualmente antes que en el plano físico. El título, extraído del contexto islámico, comienza a tener sentido.
La música es el motor que baja los decibelios iniciales según las ruedas de esta ruta suicida se desgastan. Casi desaparece de las furgonetas errantes a través de descampados africanos mientras marginados y tullidos continúan la andanza con sabor a Mad Max en busca de diversión. La tragedia se ve envuelta por la presencia continuada del ritmo idóneo para acompañar el nihilismo.

De izquierda a derecha: Steff (Stefania Gadda), Josh (Joshua Liam Herderson), Tonin (Tonin Janvier) y Luis (Sergi López)  
Un viaje lleno de inconvenientes

La fotografía decolorada se impone durante todo el recorrido con tonos arenosos bajo los que se esconden sorpresas poco imaginativas. Se convierten en la guillotina que potencia el peso de la muerte destripada frente a una visibilidad que necesita lanzar su dramatismo para que algo sobrecoja. La coproducción de Agustín y Pedro Almodóvar alumbra una profunda decepción. La búsqueda del hijo perdido y la rave perfecta terminan en una vuelta sobre lo andado entre los ruidos de otro traqueteo metálico y humano que a nadie impacta aunque debería hacerlo. Acaso sea este último trasporte la respuesta a preguntas que atormentan la invasión de extranjeros que no considerados ciudadanos del mundo… mientras los de la parte rica se saltan las fronteras para experimentar una vivencia de musicalidad hipnótica.

J. G.


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