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EL CINE COMO ARMA DE INSTRUMENTALIZACIÓN MASIVA
Película Águilas de El Cairo
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica
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Los desfiles militares culminan con el vuelo rasante color arco-iris de una patrulla a reacción sobre un cielo patriótico. Estamos en Egipto y las águilas se convierten en buitres movidos por el hambre de protagonismo político con Abdel Fattah el-Sisi (su presidente desde que lideró un golpe de Estado en 2013), como centro de todo esto. La modestia de una trama que puede resultar lenta no pasa desapercibida mientras dice más por dentro que por fuera. Modestia en cuanto al despliegue visual mientras la parafernalia se guarda para criticar el derroche egocéntrico de cualquier gobierno dictatorial, en este caso el egipcio. Egocentrismo que la cúpula militar hace propio mientras la figura presidencial es un objeto de culto con menos astucia que sus asesores para mover el tinglado de una nación. Tarik Saleh desata intrigas que tienen mucho de política mientras explora territorios amorosos, habla de la manipulación que busca glorificar nombres desde la cúpula del mando. El cine se utiliza como medio para ensalzarlos mientras este antiguo artista del grafiti no oculta su pesimismo. Este director maldito para El-Sisi vuelve a concentrar fuerzas en su país riéndose de él entre lo trágico del contenido y lo cómico de George Fahmy, cercano al gesto facial de Adrien Brody. Su rostro aguileño es una deidad para el público egipcíaco y el juguete del poder que no puede negarse a ser usado. Se parte de una idea ambiciosa al cruzar propaganda, crítica al sistema gubernamental deteriorado y la supeditación del cine a sus órdenes ofreciendo una mirada autocrítica del entorno. La estructura poliédrica se mueve bajo la mirada del cuidado técnico que no permite descuidos... por si la censura del gobierno que lo expulsó le tacha de antisistema, aunque su impacto le importe un carajo. La táctica de enmudecer el presente ensalzando el pasado maquilla la realidad al urdir un plan maquinado en altas esferas soldadescas, con intenciones autocomplacientes. Sucede lo contrario en La tarta del presidente, del cineasta iraquí Hasan Hadi, al poner el agasajo al susodicho en manos de la responsabilidad popular, que siempre resulta más cercana. La celebración del Día de las Fuerzas Armadas (o Día de la Victoria) como fecha histórica es una excusa exhibicionista del poder armamentístico para cualquier nación. Conmemorar el inicio de la Guerra del Yom Kipur en 1973 es la excusa para algo más que disfrutar un desfile. Si la "Operación Badr", lanzada por Egipto, sorprendió a Israel, el final previsible de la película esconde un arranque cronometrado que huele a 23F callejero.
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La relación entre la industria cinematográfica egipcia y su gobierno está marca por la cúpula de El-Sisi. La utiliza con fines propagandísticos en un contexto que introduce la ficción amorosa para compensar un desequilibrio narrativo entre la escenografía del régimen represivo y sus intenciones. George Fahmy, dirigido por normas dictatoriales, es la marioneta escogida para hacer el papel más falso de su carrera profesional. Fahmy es el reo empujado a formar parte de un grupo selecto de la política confabuladora. El nacimiento de una aventura sentimental prioriza las intenciones políticas del relato. Las relaciones familiares rotas buscan un espacio ante la sátira como denuncia del abuso de poder que prohíbe, y castiga, opinar libremente contra él. Crítica que continúa acogiendo al miembro nuevo de un club restringido, como trabajador ‹inmune›, junto a los favores que este círculo de poder le concede aunque haya entrado por la puerta trasera y solo le den las migajas que en cualquier momento le pueden arrebatar.
La sencillez del guion sin dobles giros desempolva maquiavelismo dentro de una estética fílmica independiente. La cartelería que decora los créditos iniciales es un homenaje al cine negro, abre las puertas a un universo de películas retro basadas en la figura faraónica del actor convertido en ídolo nacional. La presencia fantasmal de Amr Waked como el doctor Mansur es la imagen de lo que una dictadura representa en su crueldad más dura y silenciosa. Recuerda a Gerd Wiesler en La vida de los otros con una vigilancia que no se basa en el escondite sino en reforzar su aparición. Este poderío y potencia siniestros rememoran los "vuelos de la muerte" pinochetistas. |
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La ciudad es otro personaje como extensión de un concepto mental reproducido físicamente en estudios cinematográficos. El apartamento suntuoso de George Fahmy, algo hortera dentro de su pomposidad, nutre un concepto urbanístico de clase junto a sus escapadas en un adulterio lujoso.
El clímax no se encuentra en el plano visual sino en el mensaje trasmitido. Los hilos de este decorado están movidos por una red fantasma disfrazada de salvapatrias borracho de lealtad política. Todo es cartón, como la escenografía que ocupa unos estudios cinematográficos convertidos en zona militarizada. El machismo se alinea con el rango castrense lleno de galones mientras pone en evidencia los desniveles morales de una sociedad patriarcal. El amor inesperado de George Fahny comparte escenas con el deber nacional en un esqueleto de telenovela. El suspense laxo traza un puente entre los deseos del corazón y la obligación de cumplir un papel protagonista en lo que será la película de su vida, tan falsa como de taquillazo certero. La moraleja de que nadie está seguro entre pirañas se cumple. El cierre de la trilogía que comenzó con El Cairo confidencial está bien engarzado a pesar de que un metraje exagerado aburre excepto cuando el tiro en la nuca sentencia su veredicto. Águilas de El Cairo defiende la crítica hacia el poder en un régimen dictatorial donde el pueblo aparece como masa amorfa que sirve para rellenar los huecos de desfiles nacionales o para emular a Cecil B. DeMille. |
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