Carmen Maura, lejos de asustar, da risa en esta supuesta película de terror que cuenta con todos los elementos para englobarse dentro del género. Decepciona aunque intente caer cercana a través de la enfermedad claustrofóbica. El resto, es un envoltorio que no dice nada ni mucho menos asusta. Quizás los personajes sean los únicos que se creen la historia protagonizada. Rectifico, puede sentir el cosquilleo de La Mano saltarina que identifica a La familia Addams rozándole el hombro para que no se duerma y acariciando su cuello en una señal que grita sin cohibiciones ¡por favor, estrangúlame! Su apellido, unido al de Bayona, no son un señuelo para atrapar al espectador alienado que sólo se fija en la marca de los zapatos a la hora de comprarlos.
El inicio de un viaje con tintes culinarios y mosca cojonera debería poner en alerta a los agentes de tráfico ya que está prohibido conducir con el teléfono móvil encendido. Aquí todo vale para enganchar. Las conversaciones materno-filiales dejan entrever que algo no funciona en una de ellas. Una de estas voces transmite la sensación desorientada de quien lo sabe todo sin enterarse de nada dentro de su burbuja. Palabras de ayuda que la inteligencia descifra rápidamente mientras que la superficialidad se queda en la insistencia aburrida con visos preocupantes y de emocionalidad externa apuntando a la demencia. No son elementos suficientes para encasillar a una vieja loca como corazón de una trama dirigida por el suspense sicológico sino por la sicología fácilmente manipulable hacia el susto peregrino.
El comienzo marcado por el auricular popero que roza la ilegalidad desvela síntomas poco edulcorantes en las raíces familiares. Raíces que entremezclan pasado y presente introduciendo el misterio con acento telefónico y nombre propio, Cesar, figura a la que no debe perderse de vista. Funciona como evocación imperial marcada por la rememoración que no ha querido pasar página de su protagonismo en Alicia.
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Pocas veces la llamada de una exnovia a su antigua pareja ha resultado tan mortífera. Lo que debía ser una ayuda se convierte en la introducción en una casa donde una mujer se cree la dueña del pasado y presente entre tinieblas. El marco es deprimente por su abandono arquitectónico, barroco en ocasiones y sobre todo tétrico. Nunca descorazonador. La atmósfera ruinosa y lóbrega se convierte en acto accidental impulsada por situaciones poco espeluznantes. El miedo duerme al otro lado de la pantalla. Tampoco es una fábula inquietante, los ingredientes realistas se desvanecen en vez de inquietar. Es cierto que la ambientación contribuye a crear un entorno dirigido por los espacios cerrados entre dos actores, algo meritorio, pero la endeblez del contenido convierte a la premisa en fracaso. Pedro, interpretado por el uruguayo Daniel Lerner, se debate entre la angustia vital del dolor físico y su finalización, cómico. Carmen Maura, a quien no le han enseñado a aprender el acento argentino, se esconde de la lectura dramática exigida por el pánico que debería representar. En resumen, Vieja loca se hace larga en el desierto de argumentos aterradores aunque juegue con ellos. Acaso ese sea el fallo, que se confunde la lectura narrativa del horror con encadenados inefectivos. Lástima que la actriz madrileña no saque partido a un protagonista apetecible para el registro más oscuro que corre por la venas de Alicia. La primera dirección de Martín Mauregui aburre a pesar de cuidar el entorno atemorizador y enfermizo. Su solvencia está avalada por el trabajo en el guion de Carancho, Leonera de Pablo Trapero, y Argentina, 1985 de Santiago Mitre, aunque debute en la confección del largometraje con un pastel insípido. |