Keeper, más allá del constructo interno de sus escenas, es pura estética visual no sólo gracias a la elección del lugar, marcado por su geometría elegante. Su andamiaje acompaña espacios desolados y, paradójicamente, ocupados por el eco de una vacuidad rellenada por el minimalismo decorativo. La nada ocupa un carácter funcional sin necesidad de alarde. La intranquilidad se suma al elenco sostenido por Tatiana Maslany sobre los elementos extracorpóreos aunque estos ganan la partida frente a una carnalidad aterida por un frío pavoroso: pacífico, inquietante y sistemático, cuyo origen es mejor no sobrevalorar. La luz confunde con su iluminación siniestra través de ventanales enormes mientras el aire corretea por pasillos silenciosos, entre aristas de esquinas confabuladas con la intención amenazadora. Perkins se confirma como un dominador en la planificación de escenas tétricas. La ayuda de Jeremy Cox con su fotografía arriesgada, y efectiva, sube peldaños tras integrara el equipo de cámara en Longlegs y The Monkey. Su dirección visual engrasa el corazón de un metraje ajeno a la innovación fugaz, fiel a su intención de hermetismo elegantemente terrorífico. Keeper, ese teatro de la crueldad, es imagen angulada y continuidad aunque termine dejándose seducir por el dulzor de una tarta con sorpresa. |