Es difícil negar que Spider-Man ofrece lo mejor de sí mismo para convencer. Ahí está el problema: la naturalidad eclipsada por acrobacias sobrehumanas acerca el héroe a lo sobrenatural mientras Holland arácnido pasea a Zendaya por las calles de Nueva York como si fueran Tarzán y Chita metropolitanos, ajenos al mundo. La escena se aproxima al contacto entre Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en un Titanic desorientado. La nueva entrega de la estrella arácnea guarda los muebles sin entretener, apoyada en la postproducción FX neutralizadora del contenido original. Este largometraje sostenido por la innovación técnica supera su talante de franquicia sacacuartos.
La versión de Cretton presenta a una silueta manida por la esclavitud imaginativa que busca entronizar al ídolo en el olimpo de los dioses atemporales. El guion flojo se permite desarrollar errores a través de la carta romántica encontrada como gancho para desencadenar el enfrentamiento juvenil. La banda sonora desapercibida e inconsistente no es reseñable a pesar de contar con artistas pesados del cabaret rock, el rock alternativo o del indie-folk americano. La madurez mejor de Spider-Man: Brand New Day radica en despedirse con un ‹‹hasta la vista, baby›› pensando que esas palabras no se las lleva el viento.
Nueva York es una ciudad segura gracias al arácnido justiciero que debe enfrentarse a enemigos desconocidos, como la capacidad mutante del tiempo. El comienzo vertiginoso se impregna de rapidez pegajosa dejando que la acción sin emoción espese hasta retozar con el final previsible. |