Las luces se apagan sobre un escenario que se ilumina con una música placentera. Marcos Fernández Fermoselle fue la voz cantante durante un concierto donde la perfección se sonrojó por su evidencia. El acompañamiento, sin el cual nada hubiera sido posible, puso su granito de arena. Si algo quedó claro en la presentación de Intineri, el segundo disco de Red Moon Yard, fue un sonido compacto que alcanzaron músicos de procedencia variada: Jorge Malax (exbatería de Tam Tam Go!), Pere Mallén (parte de la banda de Julián Maeso) hasta llegar a los hermanos Fermoselle. Al vocalista, compositor principal y guitarra rítmica ya mencionado, se suma otra contribución fraternal. Ángel, a los teclados, alentaba para que las palmas no se quedaran apagadas y siguieran el ritmo de Mantra, Proud o She, el sencillo de su criatura más reciente.
Las letra, impresa como fondo escénico, hizo del concierto una invitación al karaoke interno mientras los labios silbaban textos con mensaje. La contribución a la fraternidad y la superación acercaba la reflexión. Marcos mantuvo una cadencia envuelta en ropajes de cronista emocional. Los ecos de Lou Reed y la Velvet aparecieron en Weird Song con efecto penetrante. La simbiosis con el público se dejó llevar por su naturalidad al sacar al buen conversador, fue el timón que condujo la complicidad de cada instrumento hacia la atención del espectador gracias a una música que hizo de la velada una experiencia interminable. Tom Petty o Paul Simon tampoco quisieron perderse la fiesta con recuerdos que participaron del rock suave y folk. El grupo combina varios géneros musicales con esencia pedagógica. El indie y el pop mezclaron bien con la escucha reposada de un espectáculo con trayectoria fija pero no lineal.
Su nuevo álbum llamó al latido colectivo, a la compartición que no tardó en llegar. El acompañamiento instrumental insufló aire de nirvana sonoro. La conjunción de melodías candentes regaló un agasajo a la espiritualidad, algo que se ha perdido en la industria dirigida al consumo de mercado.
El tributo a la filosofía budista fue evidente en Lama's Song, se busca en la impermanencia de lo material la base de valores transcendentales. Red Moon Yard es una macrobanda sencilla y elegante que encajó en un espectáculo cercano. Su armonía es agradable a cualquier tacto sensorial, y eso es decir mucho dentro de un mundo regido por una industria encargada de producir para olvidar. Afortunadamente, a veces surgen voces que mantienen la sonrisa y la esperanza gracias al trabajo salido del corazón. Samsara muestra honestidad sobre un camino que busca el significado de la vida. La conexión siguió con Kissing dissorder, The Year is gone o su carisma junto a dedicatorias familiares. Hey Mo no tiene nada que ver con el reguetón de Ozuna y Feid titulado Hey Mor. El broche lo puso Queen of my sorrows, perteneciente a su primer trabajo, donde los coros y el perfil más eléctrico tuvieron protagonismo. Red Moon Yard, lejos de ser trovadores, se apartan de los desencantos amorosos. Anclarlos en el rock budista es como aparcar su talento en un estereotipo poco común, otra cosa es el propósito de sus canciones. Esta etiqueta estilística es una anécdota que puede añadirse al contemplar su música desde la enseñanza desposeída de elementos religiosos. Si tras la muerte del Buda Gautama, los laicos lo veneraban con danza y cánticos, los vivos hacen de ellos una celebración musical como fuente de vida. El Budismo podría ser la piedra angular de sus composiciones, llenas de intencionalidad que no fuerza el abrazo; poseen la contundencia de una humildad que abraza lo positivo con magnetismo musical dulce y refinado.