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ENTRE EL INTENTO Y EL RESULTADO
(Melody, una anécdota antepenúltima que hizo soñar con la divinidad en Eurovisón 2025. 17-mayo-2025)

J. G.
(Madrid, España)

Melody en Eurovisión 2025
   

El final desafortunado de cualquier festival, no sólo eurovisivo, inicia una decepción conocida por su protagonista: aquí se viene a participar, lo importante es haber participado y salir con experiencias enriquecedoras. No se alienta la misma impresión por la parte superior que inferior del casillero. Son palabras puestas para salvar la cara comunicativa que viven un enfrentamiento interno con las aspiraciones personales del concursante: ganar. Y quien piense lo contrario que lo niegue desnudando su alma. No es una observación picante sobre los resultados cosechados por Melody. Seguro que si hubiera conseguido alzarse con el micrófono de cristal, su alegría hubiese sido igual de proporcional interna como externamente. La enseñanza que la derrota da es que a Eurovisión se viene a formar parte de un todo y no a vencer. Otra cosa es que la exclusión del podio, donde segundo ni tercero tienen cabida, enmascare ideas avinagradas que deben quedar bien para la imagen externa del perdedor.

Formar parte del festival europeo asegura más papeletas de perder que de triunfar: veinticinco sobre una. Otra trampa de esta prueba es que la entrega artística no implica la aclamación del jurado profesional. El popular también puede dar sorpresas como las de este año con la representante española. Incluso la camaradería ejercida por política geopolítica no ha funcionado. La confianza que no va precedida de la precaución conduce a tortazos que se convierten en tragedia, luego alguien pide daños y perjuicios a un ente invisible llamado incomprensión. La seguridad con que Melody pisó el escenario no hubiera sido posible sin el arropo de una escenografía que la mantuvo en volandas. La introducción de estereotipos andaluces, basados en una conjunción geométrica, remarcando lo español, fue una postal original que ya no cala ni triunfa. El juego de sombras bien orquestado con que abrió su interpretación se fue diluyendo en una lava de vómito danzarín hasta convertirse en la destrucción del refinamiento estético, en un volcán que no dejaba de escupir lava más impulsiva que ardiente. Las luces y las sombras se trasformaron en destellos que brillaron con intensidad cegadora mientras la sevillana pisaba el escenario basilense de St. Jakobshalle con paso caballuno y estampa envuelta en lentejuelas de Nochevieja sobre contorno carnoso. La provocación llegó con la representante finlandesa Erika Vikman y una melodía cañera cuyo nombre, Ich komme, tenía connotaciones sexuales poco excitantes. Algo así como un Me vengo pirotécnico. En el otro lado, brillaron la elegancia griega que remarcó el valor de la austeridad, conducida por la llamada social, o la adrenalina varonil armenia. Melody se limitó a hacer su trabajo escénico sin magnetismo aunque los eurofans españoles jalearan su nombre como se esperaba. Puede haber venido a reírse de sí misma mientras jugaba, sin miedo, la carta de la participación.

La representante española, arropada por una coreografía a veces desmesurada, fue directa en su pasarela, impactante pero sin alcanzar el corazón del espectador que buscaba una complicidad alejada de besos lanzados al aire con suavidad diablesca. La desmesura folclórica se ha mezclado con el follón de luces, cámaras bailando sobres la figura artística y bailes más locos que plásticos, rápidos, incapaces de conectar con la entrega que un servidor no ha sabido apreciar: como si se tratara de una clase gimnástica donde el juego de las piruetas fuera más importante que la intensidad de sus movimientos.

Melody, defendiendo el título de una canción tan cercano a la corona como a la horca, habrá sido aclamada en calidad de diva. Para otros, ente los que me incluyo, es un episodio que el tiempo se encargará de olvidar rápidamente. El expresidente de Uruguay, José Mújica, se preguntaba ¿qué es es la libertad? Y su respuesta fue tan rotunda como incuestionable: ‹‹Libertad es para poder tener la posibilidad de discrepar››. Yo discrepo sobre una actuación con más brillantina que brillante.

 

J. G.

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