Este tiempo minúsculo para recapacitar significa el colofón a una guerra sin cuartel con el que se busca lavar la ponzoña arrastrada durante los cuatro años anteriores. Es el último puerto de montaña de una carrera hacia el sillón presidencial, donde la participación ciudadana tiene que aparecer como vencedora. Son veinticuatro horas en las que la indecisión convive con el voto decidido entre las paredes del claustro ideológico.
Atrás quedaron los momentos para vomitar toda la ponzoña sobre basureros temporales, construidos para la ocasión. Por un día, las fuerzas quedan aparcadas; se recargan las energías canalizadoras del último esfuerzo que impulsará, en un maratón de espermatozoides suicidas, la carrera de mañana hacia el útero virgen.
Lo que llamamos jornada de reflexión es un punto muerto que sólo sirve para dejar de bombardear al electorado con mensajes tan repetitivos como cansinos. Políticos, partidos, siglas, promesas, quimeras e ilusiones fuman la pipa de la tregua pactada. Mientras, los cuchillos del triunfo esperado se mantienen afilados en un silencio cáustico. El becerro del triunfo electoral aguarda, reflexivo hoy, el sabor de la victoria alejandrina o pírrica.
Después de prometer, gracias al humo político, trucos de magia barata y grandes fórmulas escritas en el papel de su bitácora ideológica, ahora toca confiar en la efectividad electoral de lo dicho (¡ahí quedan cientos de brindis al sol!); lo que no salió del guión (¡maldita sea!) y las palabras de mañana, de sobra conocidas. Durante esta jornada reflexiva, ¿la materia gris del votante se encuentra en el cerebro o ha colonizado su corazón?
El político convertido en carretillero electoral, lleno de aditivos, está hecho de una pasta distinta a la del elector.
De cara a la galería, hoy no existe ganador ni perdedor: sólo hipótesis acertadas e hipótesis erróneas; pero no se puede hacer propaganda electoral: lo dice la ley. Los políticos dictan sus consignas democráticas invitando al voto. Después del 14D, momento del cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, el 19 es una jornada decorativa, de postal navideña. Esta foto familiar ilustra el recogimiento del animal político, convertido en suave fierecilla domada. ¡Menudo careto de recetario, lifting propagado por el asesor de imagen! Sigo sin entender lo que, en unas elecciones, significa la jornada de reflexión. ¡Resulta tan difícil reflexionar sobra las calumnias, los idearios de papel mojado, las promesas históricamente rotas! La reflexión, veinticuatro horas antes de emitir el voto, está acompañada de una calma cíclica. Hay que reflexionar para votar mañana. Quienes se niegan a ejercer ese derecho, por convicción o castigo, ya han meditado el destino de su papeleta hace tiempo.
No votar está mal visto; dedicar una jornada para reflexionar el voto, aunque sea haciendo las compras de Navidad, no. ¿Es preferible lanzarse a la urna a pesar de que no se percibe la confianza esperada? La Democracia es la tiranía de la mayorías y, claro, los que no votan -y carecen de jornada reflexiva- son antisistema ¿No serán antisistema los que prometen negro y luego se convierten en grises moteados?
En España se producen unos 2.500 terremotos al año, de los cuales una media aproximada de dos al mes son sentidos por la población, según la Red Sísmica Española. Los terremotos políticos son más habituales y más calamitosos; los terremotos ciudadanos tienen más sentido y siempre responden al estallido de un enfado pacientemente contenido. En las presidenciales norteamericanas de 2012, votaron 129.069.194 de ciudadanos; si los 36.510.952 españoles llamados a las urnas (excluyendo los 1.864.604 que según el Censo de Extranjeros Residentes Ausentes -CERA- están fuera de la nación) votasen a la vez, ¿otro marco político sería posible?...
Este día es igual que una excursión campestre bajo el paraguas del descanso propagandístico. Hoy podemos analizar, sin agobios de bazar, lo que se ofrece. Los carteles, y demás tapizado político que ensucia mi ciudad, deberían desaparecer en un día tan significativo. El silencio de su presencia cómplice bombardea la mente del votante más que nunca. Las intenciones partidistas se callan pero sus voces identificativas siguen presentes, insistiendo en el mensaje. No quiero que las calles piensen por mi, ni me orienten el voto; deseo que se abstenga de hablar, que no ofendan mi privacidad juiciosa. ¡Riámonos de sus carteles, en esta jornada reflexiva, con un ejercicio de risoterapia sana y libre! En los últimos cien metros de la carrera plebiscitaria, la ciudad sigue siendo el gran excremento del circo electoral. Hoy, la palabra “política” no tendría que existir.
¿Tiene sentido, de verdad, la jornada de reflexión?
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Pero ¡qué jornada de reflexión vamos a tener si los candidatos no ofrecen materia sobre la que reflexionar! Es una manera de engordar el faranduleo político.
Ahora toca recapacitar sobre el trabajo, la corrupción, el papel social de la mujer, la inmigración, una juventud desilusionada laboralmente, la responsabilidad sindical, la aparición de una riqueza cada vez más desequilibrada, la humanización bancaria; convencernos de que el terrorismo (externo e interno) no nos doblegará, luchar contra la violencia de género a través de la educación, plantearse la necesidad de seguir alimentando a un hijo tonto llamado Senado; la separación de poderes, la instauración de un laicismo que no sea fariseo. Alea jacta est. |