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EL CLAROSCURO DE LA PACIENCIA
Película Vitalina Varela
J. G.
(Madrid,
España)
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Ficha Técnica |
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La muerte interrumpe la vida envuelta en su capote de negrura silenciosa. Los pasos de allegados al cadáver certifican que la segunda sigue. Unos se van, otros se quedan y, entre estos, algunos llegan para reprochar la injusticia que ha obligado a improvisar una despedida repentina. Vitalina Varela es el monólogo de los que se todavía pueden quejarse dirigido a quienes se fueron sin despedirse y, peor aún, a alguien que desapareció en busca de un futuro guardado en el cofre de la esperanza y el engaño. La oscuridad, además de ser la directora de una tragedia que no esconde odio y un elemento visual potente, arrolla a través del sentimiento personificado. Su persistencia en la iluminación controlada agobia con magnitud y belleza; agrada a la sensibilidad fotográfica e incomoda en la búsqueda de resplandor. Este lienzo del claroscuro debe presumir de una ambientación fiel a sus trazos. La ingratitud y la impotencia circulan lentas, seguras sobre la derrota anímica que el dolor preferiría olvidar.
Vitalina puede ser una inmigrante que se desplaza desde Cabo Verde hasta Portugal para encarar el destino mortal. Lo sabe, comprende la reacción del recibimiento policial en el aeropuerto luso y admite resignada la inferioridad de condiciones. Es duro encontrarse con alguien que no puedes abofetear porque su fallecimiento impide responder a la ira de los agravios.
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No se sabe cuándo se origina la figura y dónde termina la persona. Las palabras de una mujer dolida se hunden en la rabia con lentitud quebrada. La vida rota se dirige a la muerte avergonzada en su silencio. Las palabras de Vitalina responden a una desgana interna que no puede contener su inmovilismo. La ira no existe. La remembranza certifica una muerte progresiva. Desde que pisa el suelo lisboeta, es un muerto viviente penado con la memoria de sentimientos comunes que proporcionaron alegría. El reproche continuado camina lento, el tiempo del perdón se ha acabado, sólo quedan lágrimas para recitar la desgracia con cadencias declamatorias. El documental de Pedro Costa es una consecución de planos y secuencias con las palabras como linternas de una oscuridad perpetua. El estudio de la luz rellena los vacíos que las palabras no han podido tapar. La fotografía entusiasma mientras grita salir de la pantalla donde se enclaustra con injusticia y placer para los ojos. La miseria de claridad entre techos rajados y paredes desconchadas enfatiza el pálpito de un corazón que busca vomitar su historia. |
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El camino en soledad encuentra un cura parapléjico viendo pasar la vida con estatismo. El mundo gira inmóvil en torno a los fieles que le han abandonado, aferrado al poder religioso. Se le permite gozar de atributos humanos como la crítica para verificar su incompetencia dentro de una choza levantada con barro fervoroso. La continuidad es un recurso que remarca su pesadez por medio de la lentitud determinante. La enumeración reprochadora agota en vez de resumir el odio con una idea clara.
El director se esconde en un formalismo que puede apellidarse intelectual. Las imágenes son perfectas visualmente pero hablan demasiado, Vitalina se lamenta tanto que la protagonista retuerce el aliento de cacatúa dolorida en vez de alma en pena. Los cinéfilos capaces de convertir un largometraje en ateneo discursivo están de suerte. Pero, la sensación desoladora impera hasta el final. |
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