La buena intención de Werner Herzog por rescatar a Lotte Eisner de la muerte prolonga la agonía que el discípulo organiza sobre el maestro cuando lo convierte en fetiche inmortal. La cofundadora de la
Cinemateca francesa, junto a
Henri Langlois, son la pincelada histórica que aporta algo de interés informativo. Los textos de Herzog emprenden una aventura senderista salpicados por ecologismo mientras los pulmones se hinchan de aire puro. La devoción de Herzog por Lotte teje momentos de sacrificio dulce y autocomplaciente por parte de un director que necesita expresar su angustia ante la desaparición física de un icono.
El actor invisible, Werner Herzog, inmortaliza una experiencia vivida que nos hace participar del conocimiento espiritual en busca de la mística que rinda tributo al papel de Lotte Eisner. Las intenciones animosas no garantizan el alcance de un trabajo redondo a pesar de que la imagen sea deliciosa. Los planos secuencia están conseguidos gracias a la frondosidad de un entorno captado con mimo y emoción. Sin embargo, esa intención preciosista de lo visual se queda en elemento pasajero que hipnotiza gracias a la amplitud del horizonte y aburre con una sinceridad de confesonario. Las reflexiones son un tostón disfrazado de madurez. Son muy bonitas con dosis altas de peñazo intelectual y confidencia sobre la necesidad de una peregrinación santiaguera hasta el corazón de
Lotte H. Eisner. Si el promotor y realizador de esta empresa hubiera sido un cura, las voces críticas habrían clamado contra una experiencia de flagelación creyente que hoy no se lleva.