Dos meses en Mauritania pasan más rápido que en Estados Unidos, especialmente después del 11S de 2001. La alegría de una fiesta inicial con sabor beduino no tardará en ser una pesadilla. La sombra del
atentado contra las Torres Gemelas planea humeante. El jolgorio se desvanece con el secuestro legal de un sospechoso convertido en culpable antes de tiempo. El asunto salta fronteras para plantarse en tierras norteamericanas con intenciones carcelarias, llega a los oídos de una abogada especializada en casos poco comunes y nada fáciles. El protagonismo de Guantánamo remueve el coctel perfecto para la intriga. La base situada en Cuba es la caja estanca para atropellos físicos y acosos mentales. Suspense, tortura y venganza persiguen a un incidente real, dramatizado, que tiene a los protagonistas como novedad. Las figuras son repetidas: militar rencoroso, letrada contra el sistema, legalidad porosa e ilegalidad impune. En torno a Mohamedou Ould Slahi se tejen dos crónicas paralelas. Por un lado, el mauritano enseña su
estancia durante catorce años en El Campo de Detención de La Bahía de Guantánamo. Fue un invitado de la lucha antiterrorista que
Donald Rumsfeld y George Bush hijo lanzaron contra cualquiera que tuviese lazos con Bin laden y los atentados de Nueva York y Virginia. Su sombra es tan protagonista como el elenco. En la otra parte del diálogo se encuentra Nancy Hollander y su defensa, más entregada a desnudar las flaquezas del Gobierno estadounidense que a empatizar con la causa de su representado. Entre ambos se establece una relación de frialdad y desconfianza que no acerca posiciones. Cada uno defiende su territorio sin jugar a ser el otro. Jodie Foster, en este papel, es Clarice Starling en la madurez, sin el protagonismo universitario mostrado en
El silencio de los corderos. El nombre eclipsa todos los titulares, la calidad actoral no podía ser menor pero tampoco es estelar.
Tahar Rahim es el director escénico que mueve los hilos con una interpretación sometida a cambios psíquicos. Su trabajo gira entre la desesperanza y la contención; representa la cara impotente del abuso, la rata vapuleada por medios coercitivos y la satisfacción de haber ganado el pulso a una violación moral basada en la suposición. El actor francés, recordado por
Un profeta,
Grand Central,
El padre o
María Magdalena, brilla con el fuego de la humillación mientras que la actriz californiana cumple en su función de salvavidas meritoria.