El colapso exterior choca con la calma de grandes espacios donde la escenificación del viaje a ninguna parte echa raíces. La barrera del sonido y geográfica congelan su vulnerabilidad mientras la casualidad reúne a antiguos amantes en este caos forzado. El reencuentro de la antigua pareja formada por Willa y Bill busca en la fatalidad meteorológica el momento para recuperar sus vidas vacías sin que la demora se tire los trastos a la cabeza. El largometraje utiliza la inventiva del dramaturgo
Steven Dietz para actualizar sus relojes sentimentales si no quieren arrugarse en manos del destino, dormido en su nocturnidad.
Lo que sucede después reúne los ingredientes para hacer de la retención ese cuento de Navidad repetitivo y meloso que empacha desde el primer bocado. La muerte por aburrimiento termina desintegrándose en el sarcófago del olvido rápido. El tráfico aéreo atasca este garaje de convergencias y embotellamientos. Todo queda en tierra. La imaginación y el romance prefieren no despegar ante las inclemencias de una temperatura romántica aletargada. El recinto, diseñado
ad-hoc para un matrimonio separado, congela la transitoriedad del momento. El entorno, amigable con los tropezones, atrae la reconciliación en su intento cursi de recuperar lo perdido. La coincidencia concatena chistes fallidos, chiquilladas de manual que matan el tiempo sin resultado. Los protagonistas, a través de charlas insulsas, se reencuentran sin llegar a alcanzarse. Los viejos amigos anteponen el pasado amoros al saludo cordial. Hablan sin parar, los diálogos rellenan las hojas de un guion inconsistente.
Meg Ryan, la chica dulce de los ochenta que revolucionó la pantalla con un desparpajo innovador y liberal, repite por segunda vez en la dirección sin dejar huella. Su interpretación cojea con firmeza. La actriz de Connecticut juega con la idea de escenario único como recurso para aportar originalidad al momento. Nada es mágico, nada es creíble, el conjunto acaba por naufragar. Su mención como estrella de comedias románticas madura en el aburrimiento.
David Duchovny ha renunciado a buscar vida en otra dimensión. Un
móvil de Calder preside la desolación de personajes hambrientos por encontrar un enchufe para cargar su teléfono
inteligente: es la paradoja de la movilidad con dos actores inmóviles dentro de un enfoque cinematográfico tetrapléjico.