¿Quién no ha vivido la época de tener a un monstruo como animal de compañía? El bicho raro forma parte del crecimiento imaginativo capaz de convertir la realidad en convivencia de mundos paralelos. La necesidad de fabricar la presencia constante de un extraño, muchas veces maligno, responde a síntomas de soledad que, unidos al miedo, acentúan el peso de la ficción para hacerla más particular. Dicha creencia desadormece la monotonía diaria, circula por la senda del terror o lo divertido motivado por lo fantástico. El relato de Atrapando a un monstruo, cuyo director se declara fanático de Star Trek, está dirigido por la mirada de una niña asustada ante desapariciones familiares a las que no encuentra explicación. Quizás sea ese desamparo lo que obliga a Aurora al uso de servicios poco legales para saciar el dilema de su desprotección. Se siente protagonista de un mundo misterioso y carnavalesco al crear un reino al que no todos están invitados mientras escoge compañero en la travesía de su inquietud.
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El salirse de lo común es un mecanismo de supervivencia contra lo amenazante, disfrazado de desconocido. El enclave más indicado para que el engendro peludo construya su hogar está debajo de la cama, un sitio marcado por el tópico asustador donde el miedo y lo fantástico campan sin restricciones. Esa oscuridad ocupa la atmósfera de una narración coloreada por la dulzura mofletuda de una niña que aún defiende su virginidad imaginativa. La aparición del adulto como personaje encargado de continuar el cuento lanza la premisa sostenible de que la imaginación infantil puede ante la realidad de su duda, aumenta los grados de incógnita sobre una situación irracional. La fábula surrealista adquiere tintes mafiosos, y vecindad sospechosa, con aroma de Quentin Tarantino. Mads Mikkelsen aparece como un fantasma entre las sombras de una lugubridad pirotécnica. Este sicario profesional, acostumbrado a lidiar con asesinos de carne y hueso, encuentra en la pesadilla obsesiva un reto a la paternidad impensable, cansado de vivir. Su frialdad, a veces agotadora, apoya un papel que, sin sobresalir, tampoco decepciona. El rostro inquietante, y cómico, de Sigourney Weaver no asusta aunque haga méritos para ser villana. La actriz neoyorquina acostumbrada a papeles de acción, adopta una actitud tan calmada como siniestra. Malévola en su glamur de lado oscuro.
La dirección artística sobresale entre claroscuros y perfiles siniestros que no realzan su importancia como se merecen. El ambiente de una fantasía que no convence encuentra el remiendo en un malparto entre Sulley (Monsters S. A. y Monsters University), y cualquier película de encuentro con miras paternales. El atractivo visual no empuja a la falta de consistencia argumental incluso entre quienes se atrevan a soñar buscando monstruos malos o buenos como arma para sostener un suspense lejano e insulso. La persistencia infantil es la tabla de salvación para una rutina adulta vagabunda. La audacia creativa no impide que la historia pierda fuelle de manera monstruosa. |