Hasta ahora creíamos que si la marca ACME quiso apoderarse de algo en el mundo fue de la risa. Para alcanzar este objetivo, dicha empresa utilizó dos figuras imprescindibles en el dibujo animado: el Coyote y el Correcaminos. Cada uno se las ingeniaba para ganar la batalla a los imprevistos: el primero, utilizando artefactos surrealistas con la intención de calmar las ansias de un estómago vacío; el otro, sacando músculo corredor ante intentos poco agraciados de persecuciones caricaturescas. La inteligencia de su adversario nunca persiguió al Correcaminos aunque quisiera ser más rápido que ella. El Coyote será el abonado fiel a una teletienda gobernada por los productos ACME como representante circense y catastrófico. Una confianza enfermiza en la marca saborea su defectuosidad mientras descubre algo oscuro en las tripas de una estructura empresarial orientada a gobernar el planeta. El problema no es que él sea un inútil sino que los fallos de esta mercadería obstaculizan una labor cazadora. Hay guiños a las películas de juicios en tono de comedia despendolada y efectiva para lo simple con argumentos que pellizcan la reflexión cuestionando la moralidad capitalista. La experimentación animal llevada con secretismo, el científico que rechaza esa propuesta y la interposición del Coyote indignado como consumidor originan la intriga que alcanzará los caminos judiciales.
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El inicio de Coyote vs. Acme se viste de trama negra con tintes policíacos que pronto es eclipsada por la hartura de un cliente que decide denunciar la ineficacia de un mercado prepotente. ACME es eso: un industria destinada a producir por necesidad consumista. El Doctor Lorre, contrario a la imaginación desastrosa del Profesor Bacterio, se identifica con el héroe que se opone a los intereses comerciales, funciona como una de las patas invisibles del embrollo.
Las escenas iniciales refuerzan la nostalgia sobre los encuentros entre dos personajes entrañables que jamás se dan por vencidos en su papel perseguidor y perseguido. Frente a la ingenuidad se encuentra la maldad de un abogado desalmado en la piel de Buddy Crane (John Cena) que hace pensar sobre la corrupción humana en una atmósfera enfocada a la ganancia pecuniaria. |
El guion rápido busca entretener sin más, sólo la gestualidad del Coyote ocupa este espacio vacío. La parte musical, llena de movimiento, destaca por sonidos antagónicos gracias al choque entre el aria Largo al factotum, de Gioachino Rossini, convertido en remix moderno, y el punk clásico de I Fought the Law, escrito por Sonny Curtis en 1958 y versionado veintiún años después por The Clash. Dave Green mezcla el mundo en formato de tira cómica con el entorno real dentro de la ficción destinada a provocar una risa difícil de alcanzar. La inseguridad de Kevin Avery (Will Forte) representa a una comunicación adivinadora entre un coyote desesperado y un abogado mediocre. El resto del elenco se pasea por la pantalla coloreando un universo cercano a Looney Tunes y Space Jam: Bugs Bunny haciendo de garganta profunda, el cerdito Porky, el pato Lucas, el canario Piolín , un gallo cargado de egocentrismo humano, el demonio de Tasmania o la Señorita Prissy. La singularidad del Correcaminos reside en el impacto de la presencia fugaz y el silencio de su mirada buscando la necesidad de un cómplice que lo persiga siempre. El ambiente esperpéntico recuerda a ¿Quién engañó a Roger Rabbit?
Hay momentos para la lágrima fácil o enternecedora a través de animaciones que también tienen corazoncito. Las mejores secuencias son las persecuciones entre el Coyote y el Correcaminos, los tortazos que uno se pega ayudado de artefactos juliovernescos y escenas explosivas que levantan carcajadas gracias a la mala fortuna. Wile E. Coyote sale del desierto para visitar la gran ciudad sin saber lo que va a encontrarse, aunque tampoco le importe mucho en la búsqueda de su justicia contra la Corporación Acme. That's All, Folks. |