Quien no crea que la música mueve el mundo se equivoca. Ha sido capaz de convertir una revuelta social en icono de la justicia internacional como la Revolución Francesa. ¿Quién no ha tarareado La marsellesa, aunque sea por lo bajini, algunos acordes de Lili Marleen o Cabaret? ¿Somos incapaces de recordar Sunday Bloody Sunday, el himno pacifista con el que U2 denuncia la violencia en Irlanda del Norte, mientras pensamos en un Bono post-punk rebelde? La música está en todas parteas, incluso en las pisadas del vecino cuando criticamos su sonido desafinado. Música es el silencio caminando entre su polifonía de sonoridad afinada y homogénea. Música lo es todo: incluso la muerte en su despedida de aceptación universal aunque unos exploten más que otros la palestra de la vibración espasmódica y dislocada. Por otro lado, entendible. Música es el primer llanto del bebé y los gritos enfurecidos de su madre empujando una vida nueva con el mismo sudor que el compositor crea una partitura. Dedicar una jornada a la música es de justicia social, ya sea por agradecimiento a lo bueno y por ayudarnos a conformar lo que somos, a la frustración y a lo que nos hubiera gustado ser.
La música es una estructura capaz de desmoronar furias y de sonorizarlas convirtiendo al himno en estandarte de valores movidos por la irracionalidad humana. El 21 de junio celebra su razón benigna coincidiendo con el solsticio de verano en el hemisferio norte. Hoy, su diversidad no entiende de escenarios selectivos sino que su armonía se expresa en la explanada de la palabra única: desde lo tradicional hasta lo vanguardista. Hoy, el intercambio cultural rompe fronteras y el público encuentra en la creación del artista/músico un vínculo emocional para compartir. La relajación y la inspiración se fusionan gracias al automatismo sensitivo que la filarmonía despierta en la mente humana, a veces mecida por el coro de la rutina. Beethoven jamás imaginó que la melodía del cuarto movimiento de su Novena Sinfonía se establecería como Himno Oficial de Europa. La letra original de la Oda a la Alegría fue escrita por Friedrich von Schiller en 1785. Su significado, lejos de sustituir a los cánticos nacionales, es más humano que instrumental. Los apuntes históricos sirven para reflexionar sobre nuestro origen y el porqué de algunas ideas que vemos abstractas. La musicalidad, los pentagramas, las batutas y las baquetas unen a personas, ideas y conceptos; nos ayudan a entender nuestra pequeñez dentro de un universo donde el ser humano aporta imaginación, talento y trabajo aunque el mercado no siempre lo reconozca como se merece.
La música es voz y palabra, tarareo y escritura anónimos. Un torrente de expresividad impulsado a través de haikus occidentales y urbanos. Por eso, a veces, cuando recorres lugares solitarios encuentras textos clavados en una pizarra en forma de mensajes sin botella. El enunciado que condensa expresividad despliega algo más que belleza sintáctica para convertirse en arcoíris perenne. El respeto por el orden gramatical nos hace ver que menos es más en un universo dirigido a la simplificación del contenido como neurona del consumo rápido. Del contenido y el concepto. Por ello, reivindico que mi refugio es la música. No me cansaré de buscar al poeta del verso que jamás querrá entregarse a los brazos de la fama mientras es feliz entre la caricia del anonimato compartido, lleno de cadencia musical.