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LAS VOCES DEL SILENCIO

PALABRAS SOLIDARIAS
Histórico

 

MASCARILLA, SÍ, POR FAVOR
La mascarilla desaparece de manera oficial

JGS

El uso de mascarillas contra el coronavirus deja de ser obligatorio en espacios exteriores
 

Primero fue la incredulidad; luego, llegó el desconcierto. El vocablo pandemia dejó de ser un término muerto en 2020 excepto para los guiones cinematográficos. Se apoderó de las calles y las tertulias mediáticas. La mascarilla aterrizó en nuestro vestuario como pieza imprescindible. La hemos convertido en extensión facial defensiva. Su incomodidad inicial ha evolucionado hacia la exigencia agradecida que tapa sonrisas fingidas y arrugas delatoras. La obligatoriedad de su uso ha creado un nexo cariñoso capaz de sentir su olvido como la pérdida de un hijo. Ahora, cuando este amor basado en el tacto comenzaba a fructificar, después de hacer un curso rápido sobre la efectividad de una u otra clase, después de aprender un argot criptográfico que recuerda a las fórmulas matemáticas de bachillerato que nunca se memorizaban; ahora, se desvela su carácter prescindible. Nos levantan la alarma preventiva con objeciones cuando el mal del que protege no ha desaparecido. Siguiendo las recomendaciones de Sanidad, estamos deseosos por quitárnosla aunque se tiene miedo a la sonrisa sincera, al estornudo sin preservativo.
La libertad que no se salta la ley no es tan atractiva como la que hemos aprendido a bordear. La necesidad-seguridad de este pañuelo inseparable nos ha blindado del desconocido, habrá quien la relaje con el amigo, sobretodo en macroreuniones poco salubres. Los límites del ahora me la pongo, ahora me la quito harán de la convivencia una paranoia extremista, apropiada para la irresponsabilidad. Las recomendaciones pautadas son más políticas que sanitarias. La seguridad ciudadana es un juguete con el que los de arriba experimentan dando palos de ciego en busca de la luz al otro lado del túnel (como les gusta decir). ¿Conocerán la longitud de dicho agujero?

Caminamos por la ciudad y se ven terrazas donde este artilugio ha desaparecido sin tener que llegar al 26 de junio. Son islas habitadas por cercanía amigable dentro de una tormenta compartida. La gente se desnuda de la mascarilla en estos oasis-trampa superpoblados donde, visto lo presente, el peligro de contagiar y ser contagiado desaparece. ¿Que cambia entonces con suprimir el protagonismo enmascarado al tránsito diario? Las avenidas, con predilección comercial, son autopistas humanas que no respetan el metro y medio de separación mínima entre personas porque resulta imposible. Lo de distancia social forma parte de la aberración lingüística usada como muletilla integradora.
En torno al cubre bocas, que no es cosmética, se ha creado una barra libre amparada en el mercado sin fronteras, oportunidades de negocio para quioscos y supermercados, han surgido emprendedores con líneas de moda personalizables. Este antifaz del siglo XXI es el DNI moderno con funcionalidad de QR. Un años después de su instauración (julio de 2020), queremos deshacernos de ellas rápidamente. Desaparecen en exteriores, mantienen su vigencia en sitios cerrados. Las fronteras de su uso pueden conducir al hartazgo y vuelta a empezar. Su fiabilidad no está clara. Primero, estuvo la incredulidad; a continuación, vino la defensa de los intereses económicos ante la salud, luego la sociedad se escindió en aceptación y negación. Un desconfinamiento ansioso tomó las riendas del destino, la reapertura acelerada de negocios no ha traído aceleración económica (otro palabro sobado sin control). La vuelta al pasado llega con la supresión de una resolución sana, se hace oficial sin prescripción médica. La anticipación de esta medida no garantiza vencer al coronavirus ni volvernos más normales. La relajación en su uso obtiene el salvoconducto oficial para el aparcamiento en el desguace. ¿Hemos sopesado la influencia del componente emocional en la decisión? ¿Nos pasará factura? ¿Ha comenzado a cobrársela? La velocidad con que el medallero político galopa puede tropezar con el ímpetu de su zancada.

La muralla de la vacunación se construye poco a poco, todavía no está terminada. La población española con la pauta completa, 33,50 por ciento, no es un dato confiable y ya nos incitan a cantar un himno de realidad falsa. Lo preocupante no es quitarse la mascarilla con antelación poco científica, que se lo pregunten a Israel (pionera en destapar las caras de sus ciudadanos). Lo intranquilizador es escuchar el desconcierto popular ante las que se guardan en casa sin usar. ¿El coronavirus es inteligente o el ser humano es tonto? Guy Kawasaki, un emprendedor relacionado con Silicon Valley y que hace de la comunicación la clave directiva fundamental, dice ‹‹La paciencia es el arte de ocultar tu impaciencia››. Ante la ventaja de adelantarse está la virtud de esperar y más en momentos tan cambiantes como los actuales.

 


JGS

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