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LAS VOCES DEL SILENCIO

PALABRAS SOLIDARIAS
Histórico

 

EL VALOR SOBREDIMENSIONADO DE LAS FECHAS
Dos décadas después del atentado en Nueva York no hemos aprendido nada

JGS

El atentado del 11S se ha convertido en parte del anecdotario histórico sin más repercusión que la recordatoria
 

El tiempo ha desgastado el impacto del 11 de Septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. El suceso, dos decenios después, forma parte del anecdotario histórico, lo observamos en la distancia, se empatiza con unas víctimas perdidas en el polvo de los escombros. Su legado, firme en la ideología del terror, va pasando de político en político. El recuerdo capitaliza la rapidez con que hemos envejecido. El miedo se alimenta de una vulnerabilidad creciente cada vez más asentada. Los gobiernos se arman hasta los dientes, expectantes ante cualquier movimiento del sospechoso racial o religioso. Tampoco deberíamos olvidar que el malo siempre llevará ventaja al bueno en la perversión moral que todo radicalismo representa. El Imperio de la Ley no tiene una bola de cristal capaz de adivinar el futuro. Las catástrofes venideras seguirán gozando de invisibilidad pero deberían existir mecanismos destinados a acolchar su colisión.
Del impacto se salta al trauma; luego viene el análisis; a continuación, la reflexión pide paso, entre optimismo y dolor, como concepto impreso en los libros de Historia. El conocimiento de lo que sucedió hace dos décadas en el corazón neoyorquino fue un espectáculo vivido con intensidad mediática. Su lectura positiva reside en la rapidez informativa del incidente. Otra, más lesiva, centrada en el relato de un desconcierto, machacó corazones a través de imágenes ofrecidas en bucle noticiero.

Aunque la Administración estadounidense de George W. Bush se jactara de haber eliminado al mentor de esta barbarie extremista, su ideario sigue activo. Que los ejecutores de Osama bin Laden lo instruyeran y educaran en el arte de matar no puede olvidarse sin pedirles cuentas con una facilidad tan meridiana como la actual. Las personas son instrumentos de entelequias políticas y religiosas indecentes. El expresidente republicano declaró la guerra global contra el terrorismo de manera oficial el mismo 11 de Septiembre como un juego bélico marcado por el patriotismo. La invasión de Afganistán pasa del mapa al terreno casi dos meses después de los atentados. El 7 de octubre, la incursión norteamericana comienza a buscar al enemigo talibán en su propia madriguera. Tantos años de combate no han desmantelado las atrocidades de Al Qaeda; por el contrario, el mulá Abdul Ghani Baradar Akhund, líder y cofundador de los talibanes, llegó a Kabul para reunirse con otros líderes de la formación fundamentalista e instaurar un resurgir del islamismo fanático ante el que las potencias libres no mueven un dedo. ¿Miedo, impotencia o precaución para no ensuciarse más las manos en un conflicto que viene grande a Occidente? El militar no ha sido un poder fortalecedor de la independencia afgana en su lucha antintegrista. El uso que Bush hijo dio al 11S activó un guerra de desgaste infructuosa para civiles afganos y la credibilidad de libertadores capciosos. La contienda ocasionó víctimas y tuvo beneficiarios sin vinculación directa con el 11S. Lockheed Martin, proveedores armamentísticos para las operaciones de EE. UU.; Boeing, la británica BAE o Raytheon fueron algunas de las empresas que se lucraron del dolor ajeno gracias a contratos suculentos, avalados por el Departamento de Defensa norteamericano. El banco de pruebas idóneo para ensayar armas nuevas surgió de la nada gracias a otra madre de las batallas maquiavélica. El presupuesto que debía ser destinado a la paz fue engullido por el militar. La construcción de infraestructuras civiles se abandonó con la creación de una TaskForce que absorbió gran parte de unos fondos nacionalistas. Afganistán vuelve a estar bajo el yugo talibán. Las neuronas de Arabia Saudí guardan una relación funcional sospechosa con los actores materiales del 11S mientras algún rey emérito hace manitas con esa monarquía, refugio terrorista protegido por Estados Unidos.

A estas alturas, ¿de qué sirve mencionar el número de asesinados en Manhattan inesperadamente aquel día? La cifra grupal es lo de menos excepto para quien busca el rédito fácil. ¿De qué sirve reproducir la metodología usada en el ataque, incidir en los litros de combustible desparramados (unos 30.000), las temperaturas alcanzadas durante la explosión (sobe 1.000 grados)? El desplome del icono desencadenó una convulsión general y el hundimiento psicológico de un mundo seguro hasta ahora. ¿En qué se parece el atentado de las torres financieras a los ocurridos en Siria, Gaza, o Palestina?: en la muerte de inocentes. ¿En qué se diferencia?: en que el primero fue puntual y el asedio sobre los territorios de Oriente Próximo es constante y está consentido por la comunidad internacional. Estados Unidos se lanza a pacificar el universo con cruzadas cínicas mientras la violencia callejera emborrona sus ciudades casi por costumbre cultural. La tragedia de las Torres Gemelas fue un golpe de efecto letal. El 11S, más que una declaración de guerra supuso la confirmación de una debilidad política y militar basada en la prepotencia del gigante con pies de barro sobre enemigos que no sabe, o no quiere, controlar. La agresión de aquel día sacudió a todos como un terremoto de proporciones desconocidas. Somos veinte años más ancianos y menos sabios.

 


JGS

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