Basta con permanecer unos segundos callado al raso de una loma o en un trigal para disfrutar del silencio estereofónico que la dimensión paisajística de la llanura regala. Siempre ha estado ahí pero ahora, más que nunca, su voz de viento susurrante se aprecia nítida. Todo debido a la desertización de una piel que agradece las caricias de cualquier elemento con vida. Las ovejas se encargan de poner sintonía a esta la tranquilidad con el sonajero de sus marchas y campanas, incluso se atreven a mirarse en el objetivo de la cámara que inmortaliza su paso.
La meseta es una mar extenso de sosiego y soledad sin horizonte. La extensión del vacío se hace inabarcable, crece salvaje sin órdenes. Es el universo de una raza a punto de extinguirse. El sabor de las vivencias rememoran épocas más duras y más felices, los primeros bailes, la conversión en adulto como parte de un ritual antropológico y social. Los habitantes de este reino marcial esparcen sus recuerdos al fresco del río, entre el canto de las cigarras. Mientras tanto, la poesía agraria de Juan Palacios ausculta los últimos síntomas de felicidad entre personas que se esconden del urbanismo para vivir más sanos. Sólo las líneas blancas de los aviones rasgan el cielo lapislázuli con un trazado doloroso e incisivo. El hábitat de la planicie es el ruido del tractor, el choque de la ropa contra la
tabla de lavar, la selección manual de la alubia para evitar el
gorgojo: momentos de paz sin apretujones. La descripción regional no puede ignorar el ruido del pescadero que ofrece su género por una megafonía acompasada, el agua que corretea a regar las fincas, el fulgor de las dos niñas que quedan en
Castilla y León. El último reducto de la juventud no teme al tiempo, busca pokemons entre la
leyenda del Sacauntos y flores convertidas en lágrimas de virgen. El folclore de este lugar apartado encuentra en
Los 2 Españoles a los artistas que desde los años setenta han recorrido las carreteras como escoltas del transportista con su
Monumento al camionero.