Algunas películas envejecen con más prestancia que otras. La cirugía plástica aplicada sobre la obra teatral de Noël Coward se deja seducir por un maquillaje, nada agresivo, que sortea el paso del tiempo inspirándose en la artificialidad de
Cher. El lavado de cara al clásico literario no proporciona una sonrisa embellecedora, es rígido e inspirado por el divertimento previsible. Su mecánica es precisa como una máquina de escribir falta de chispa en el ingenio de las palabras que engendren situaciones caóticas… divertidas. El clásico del dramaturgo inglés se traduce en un injerto de comedia extrasensorial con toques de humor fácil. Las situaciones provocadas por un espíritu imprevisto, presente en el placer y el odio, desencadenan un caos amante de lo cómico en calidad de aprendiz. La llegada del ectoplasma se acerca más a la electricidad de los
Cazafantasmas de
Ivan Reitman que a la dulzura de
Casper. Su aparición construye un triángulo afectivo y malicioso donde los celos hacia un ser invisible comparten cama y amante con un cariño desempolvado accidentalmente. Los vivos se enfrentan a los muertos sin sangre; el espectro quiere atraer lo orgánico a su mundo, por deseo y por venganza, con la posesión como arma de una contienda que hace de lo personal algo común. El escritor frustrado recupera a su musa, ensombrecida en el anonimato conyugal mientras el creador sin ingenio triunfaba. El frenesí enamoradizo aflora a través de una mujer que vuelve para cobrarse su venganza. Hay embrollo pero todo resulta torpe.