El encontronazo con la dispersión no acaba en la huida. Como es entendible en todo espíritu lozano, la violencia del aparato golpeador es respondida con una defensa basada en la repuesta contundente. Los ladrillazos se suceden con más intencionalidad que coraje. Los chavales dan la cara a pedradas para frenar al prepotente. Son catapultas que disparan a un objetivo más visible en la imaginación que en lo físico. El encuadre se cuida de mantener su presencia fuera de campo. Las miradas agredidas perciben un desenlace catastrófico. David y Goliat vuelven a las andadas. Los planos cortos, dramaturgias expresivas y acercamientos al lenguaje que identifica a jóvenes asustados toman el poder. El interés no reside en esos choques sino en el análisis de lo ocurrido a través de los protagonistas. La tranquilidad analítica quiere recomponer las piezas de un esqueleto desmembrado después de la guerrilla urbana. Los inocentes es un Atrapado en el tiempo sin chispa, un bucle abrumador que cree haber dado con el cine intelectual. Las ópticas diferentes desentrañan lo ocurrido la noche fatídica, recordada de manera borrosa. ¿Quién dice la vedad, quién es el mentiroso? Nada se sabe y las confesiones poco esclarecedoras pintan un panorama cada vez más negro donde nadie se responsabiliza del suceso. La explicación no existe para la muerte de un madero que ‹‹se lo tenía merecido››. |
El primer largometraje de Guillermo Benet, que ya rodó un corto homónimo en 2018, es un proyecto enmarañado, peca de pretencioso y se emborracha del llamado cine de autor. La acción imparable resulta insípida con momentos de pulsión quijotesca, cansa por la ausencia de novedad, aburre como el recorrido de un hámster. Los intérpretes se esconden en el zulo de su aturdimiento, en un malgastar el momento con ganas de intrigar sin sorprender. El estudio sicológico de los personajes, quizás lo más interesante desde el punto de vistas formal, resume una desorganización expositiva que acredita su desarrollo patético aunque técnicamente sobresaliente. Si algo tiene de reseñable es la atmósfera agobiante desde el primer momento. La imagen oscura se envuelve en olor a noche, sostiene la saña del enfrentamiento pistolero. El caos de la estampida repta por arterias vacías y contenedores cargados de munición, se refugia en un piso asfixiante, junto a caras asustadas. El lenguaje de la calle retrata a gente joven con mala leche gramatical para quien decir tacos es su abecedario. La ira cabreada desfoga la falta de sentido común, destapa el fuego troglodita que se vuelve contra ellos, da motivos para que las acusaciones de antisistema tengan sentido. La textura del drama es áspera y realista, enseña el lado menos inteligente de la rebeldía infantil, el más fácil de criticar. Se deja en el aire si La Perrera es un centro social autogestionado o un emplazamiento apropiado ilegalmente. El ataque contra una reunión ociosa roza el protagonismo denunciante efímero. El recuerdo a quienes okupan más interesados en la Cultura que las birras acerca la presencia del Centro Social Seco, La Guindalera, La Tabacalera, La Karakola, El Patio Maravillas o La Ingobernable. Los motores se calientan con pedruscos huidizos y porrazos autoritarios durante una pelea que no pretende ser civilizada. El lado provechoso mantiene la turbación hasta el final con guiños a un desenlace explosivo que aniquila el calvario anterior. Se viven las mentiras, los ocultamientos, el desasosiego de una cobardía por sentirse especie amenazada y desprotegida. |