Lo cruel, a veces, se representa con lo risible y para demostrarlo está un largometraje de pesadez intensa como
Lobo feroz. La atmósfera podrida describe un cine oscuro entre el bosque frío, una casa alejada y un sótano donde dar rienda suelta a las perversiones más degradantes. La venganza con ambiente de antro mafioso busca la verdad, entre suposiciones que interrogan al presunto
infanticida, para confesar un crimen del que se desconoce su culpabilidad. El drama funciona a través de conjeturas que ignoran el sendero de la defensa. No se buscan confesiones veraces sino lo escucha de palabras que satisfagan el deseo de odio dirigido por hipótesis que han perdido la razón. El justiciero es un animal hambriento de víctimas torturadas por él mismo.
Lobo feroz descubre lo más salvaje de la condición humana, aquello que martillea el dolor ajeno con intenciones sádicas, proclamando la superioridad del dolor físico al moral. Su intriga hace del suspense un terror espantoso donde sólo quedan rescoldos de violencia irritante. La trama se sostiene gracias a
Rubén Ochandiano, capaz de despertar un interés morboso en el espectador harto de ver arrancar uñas y quebrar huesos. La falta de pruebas sobre el delito de su personaje lo recubren de inocencia misteriosa. El tándem
Javier Gutiérrez-
Adriana Ugarte más que llevar el peso de la película, se hace pesado.
Antonio Dechent forma parte de la manada con humor y veteranía. Distingue el bien del mal pero el corazón le pesa mientras se entrega convertido en cabecilla del despiste paterno.