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LAS VOCES DEL SILENCIO

PALABRAS SOLIDARIAS
Histórico

 

POR SUS ACTOS LOS CONOCERÉIS
Rabietas ante el manifestódromo madrileño del 8M

JGS

El TSJM prohíbe las manifestacines del 8M de 2021 en Madrid por miedo a contagios de coronavirus
 

Los editoriales periodísticos que se precien de actualizados se han transformado en partes de guerra. El coronavirus es aparcado por unas horas y el presente se tiñe de violeta feminista. El 8 de marzo es una fiesta instaurada por la Historia, una jornada reivindicativa sobre la que no tenemos el derecho manipulador. Algunas voces, anónimas y conocidas, se han puesto de uñas cuando el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) suspende las manifestaciones del 8M, según Delegación de Gobierno decidió. Otras opinan que el Gobierno se ha pasado de frenada a la hora de querer ser cauto. También hay lenguas que se alegran por lo bajo (como no), pero existe una mayoría silenciosa, porque no queda otro remedio, que aplaude esa resolución.
Esta jornada responsable no es sinónimo de invasión viandante, de batucada y músculo exhibicionista para un colectivo que merece todo el apoyo. ¿Alguien imagina un acto como este manteniendo la distancia de seguridad con paso marcial, de aforo reducido, sin signos festivos mientras la procesión va por dentro? Alguien debe pedir perdón y sensatez. El corto de miras entiende la solidaridad al modo tradicional y el momento que vivimos demanda inventiva. Lo cómodo no sirve. ¿Dónde está el espíritu emprendedor que parece haberse estancado en la ciénaga del continuismo celebrante? Asistimos a tiempos demandantes de creatividad: ¡ya está bien de nueva normalidad! Algunas resoluciones deben ser inéditas.
El alboroto mostrado por los organizadores ha estallado. ¿Eso implica querer cargarse su significado? Los convocantes dicen que sí, incluso lo perciben como un triunfo de la derecha radical y la izquierda vendida al miedo. Si esta fecha entraña sólo esa reunión social vamos de espaldas al progreso.

Todas las concentraciones son un foco de contagio. Quien lo niegue creo que no sabe lo que dice. Participar en cualquier ceremonia masiva es una temeridad. Quien no sea consciente de ello tampoco sabe a qué nos enfrentamos. El cogollo no va de ismos ni de una persecución a la mujer; tampoco se acosa a la expresión libre. ¿Pero es que todavía no nos hemos dado cuenta de que nuestros comportamientos sociales han cambiado? Quizás sea momento de replantearse su relieve en el calendario con otra cara. Es posible que estemos ante el trampolín para otras formas de protesta: charlas, tertulias, coloquios, sesiones de cine, volver a valorar la palabra ante un griterío que, a veces, molesta más que acompaña.
Esta no es una prohibición más cuando sufrimos momentos de restricciones constantes sino una afrenta politizada de manera cínica. No es la caza contra el débil sino el error que se enmienda con parches poco adherentes, otro ejemplo de no saber pedir perdón ante una metedura de pata. El dictamen ha podido evitar males mayores pero no se salva de críticas indeseadas pero merecidas.

A los organizadores del 8M capitalino les ha faltado imaginación y han reaccionado de la manera esperada ante algo que se venía venir. En su intento de hacer los deberes con una caligrafía escrupulosa, Pedro Sánchez ha vertido un manchurrón imborrable sobre renglones torcidos. Los intentos de parecer diestro, cuando eres zurdo de nacimiento, se caen por su propio peso.
En el estado actual de pandemia se han celebrado en Madrid protestas de índole variada: ¿por qué no se aplicó la contundencia razonable sobre ellas? Hace pocas semanas tuvo lugar un recuerdo a los caídos de la División Azul en la batalla de Krasny Bor y no pasó nada. Es un atropello impedir los recorridos del 8M y dejar que otros eventos se realicen con techo o a cielo descubierto. ¿Y qué pasa con los jueces? ¿Dónde está la Justicia igualitaria? Las chiquilladas de todos han dinamitado el manifestódromo previsto: el espíritu continúa latente. Si se prohíbe una manifestación, se prohíben todas. Eso es probidad; el resto se llama oportunismo (además, mal gestionado). Cualquier coyuntura que signifique aglomeración popular tiene dos salidas: el veto o la permisión. Señores de la autoridad competente e incompetente pónganse manos a la obra que para eso se les paga. Señores afectados, encajen el error con dignidad y crítica, aunque las comparaciones les indignen.
Las terrazas están hasta arriba, muchos ocupantes se saltan la distancia de seguridad y nadie dice nada. Mientras haya móvil económico, Isabel Díaz Ayuso está contenta y no saca los colores a Sánchez. La presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid está demasiado preocupada en ser el imán que atraiga dinerito con el escudo de los comerciantes. ¿Nos encontramos ante la actitud preventiva que obliga una cuarta ola que tendremos en mayor o menor grado?

Quienes hacen del feminismo enfadado el ariete de su embestida regalan un favor flaco a la cordura. Su enfado entendible refuerza la pisada de una oposición que paladea el olor a postre favorito servido en bandeja. Ni los organizadores han sabido adelantarse a inconvenientes previsibles (se han confiado) ni los gobernantes ha estado a la altura del momento. Los organismos sociales y sindicatos promotores saben de la carga política y social de hoy. Ahora, cuando sacrificarse por los demás exige responsabilidad, se sienten acosados. Ahora, cuando necesitamos la solidez ciudadana más que nunca, se cabrean por un impedimento manifestador. Ahora, ese rebuzno estomacal suena a trompetas celestiales para Vox. Les están haciendo la publicidad gratis sin tener que mover un dedo; disfrutan al ver cómo el feminismo madrileño se despelleja a sí mismo. Prohibir las marchas programadas no eleva la negación de su espíritu. Pablo Casado está confundido si pretende que esta medida acabe con su honra. ¿Llegará un tiempo en que diferenciemos entre aglomeraciones machistas, aglomeraciones feministas, aglomeraciones asexuadas y aglomeraciones alienígenas? Siempre terminamos en el encasillamiento de las personas y los movimientos sociales que despiertan cañonazos en vez de llevarnos a buen puerto. ¡Pobre ser humano!

Lo que prima en estos momentos es la vida y no el derecho a manifestarse con ofuscación e imprudencia debido a una decisión política desacertada. El coronavirus está ahí, sin colores ni insignias, aunque alguna mascarilla tenga identidad de banderola. El cerebro minúsculo es incapaz de contener un día en el calendario convertido en icono mediático que a todos gusta. ¡Viva la cultura de la exteriorización frente al trabajo callado que no necesita publicidad! El 8M es una fiesta de fotomatón propagandístico con reivindicaciones de pancarta que los más tolerantes denominan visibilizar. Al luchar contra una privación errónea, que no es xenófoba, se cae en el pataleo cómodo incapaz de anticiparse con estilo a una incompetencia venidera. Claro que quien se pica ajos come. La cabalgata Real del 5 de enero se anuló por seguridad ciudadana y los niños lo entendieron sin rechistar. Los más simplistas se habrán tomado la sentencia del Tribunal a regañadientes, los inteligentes verán oportunidades para solidificar un sentimiento que pone la magnitud de la mujer por encima de cualquier bandera.

 


JGS

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