El título con el que Augusto Fornari se estrena como director, con todos los ingredientes que salpimientan un drama mafioso, es muy italiano. La chispa del humor sencillo que se pasea por Una casa, la familia y un milagro, con sus altibajos, no pierde efectividad dentro de una comedia hilarante gracias a la fauna de personajes que la habitan. Fornari, que no persigue la exquisitez, convierte una chuchería en plato digerible, incluso agradable, para cualquier estómago. Sin esmerarse en los fogones, su ópera prima funciona bien como entrante apetecible aunque sestee por el campo de la diversión cómica, muy a la italiana, coqueteando con el empacho sin llegar a estomagar.
El estado vegetativo de un padre que va a cumplir el quinquenio en coma, conduce a deshacerse de lo que ha sido torreón familiar con el honroso propósito de ayudar a uno de los hermanos en apuros económicos. En las aguas revueltas de esta familia que acaricia el exceso surfean ejemplares caricaturescos que hacen de la casa un pecera con tiburón incluido: el nuevo dueño, de sudor casposo y antiguo pretendiente de la hermana, el hermano banquero que esconde sus traumas, la cuidadora espabilada cuyos conocimientos sanitarios se han adquirido como enfermera de la noche a turno completo o el padre convertido en paciente resucitado al que sus hijos ocultan algo mientras enmiendan el jaleo montado. El cariño y la rivalidad son ingredientes esenciales de este enredo familiar.
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El apunte cómico de tópicos que se repiten con el intercambio del busto de Beethoven por el de Mussolini o la transformación de la Torre Eiffel en jirafa, aparte de la auxiliar médico rusa citada, funciona. La alteración del orden doméstico se recompone con los muebles de manera fantasmal en un embrollo disparatado con los muebles como personaje activo. La primera media hora se acopla al círculo de la risa fácil que desemboca en carcajada hasta sosegar su ímpetu con una mueca que aguanta el tipo mientras precipitar el derrumbe final. La evasión temporal que regala este entretenimiento con sabor a lío casero se celebra de manera ponderada. |