La música se siente más natural al aire libre. Las guitarras suenan en el ambiente semi soleado que alberga el atardecer. El dúo cántabro Pánico las afinan entre toques rápidos, de acento blues. Los primeros acordes, en vez de suscitar el vértigo que ocasiona su nombre, calientan el ambiente con olor marino y sabor a brisa campestre. Este acrónimo de Pablo Cano y Nicolás Rodríguez, desde su primera canción, invitan a imaginar paisajes sin más límites que los impuestos por el oyente. Hacen un sonido para escuchar con auriculares y recrearse en sus texturas y variedad tonal. Las caricias rasgadas con mimo sobre cuerdas ligeras encienden aromas acústicos percibidos desde la primera canción. La música predomina sobre la letra como un velero en busca del mar abierto, capaz de emocionar con un cromatismo sonoro sencillo. Es relajada y paisajística: corazón de latido solitario.
Abren con una suite en tres piezas, «El mar», asentando la impronta sinfónica que impulsa el bombeo de sangre caliente hasta un corazón sensible. Sus guitarras se muestran límpidas, trepidantes en la cuerdas. Canción tras canción, la fuerza de este instrumento se convierte en portavoz de su creatividad. Las notas, manteniendo el aire danzarín, saltan como delfines sobre olas cálidas, corretean igual que gacelas libres. Mecidas por el viento que, cada tarde, se pasea por El Soto alarense, fluyen ágiles y jóvenes. La suya es una música que funciona mejor en espacios exigentes de una atmósfera hermética a injerencias externas, donde la calidez no se pierde ante transitares de gentío bullicioso ni perros correteando junto a su rebeldía, permitida en escenarios como el de hoy. Este concierto, escuchado en la Naturaleza, invitó a perder la mirada en la profundidad del escenario paisajista palentino, produciéndose una simbiosis entre sonido y colorido pictórico.
Pánico saben cultivar en el público la huella de su ritmo introspectivo, concebido para analizar y dejarse llevar; para saborearlo y fundirlo con sentimientos personales. Reclama la apropiación del oyente que busca un disfrute más profundo con el que puede exprimir todo el jugo a sus notas. La música de Pánico se disfruta teniendo un diálogo receptor-emisor cargado de silencio.
Cada una de sus canciones, pentagramas saltarines de timbre tan sobrio como efectivo, luce un cuerpo esbelto de guitarra apolínea. También recordaron a la paz del folk gaélico que Mark Knopfler plasmó en la banda sonora de la película «Local Hero».
Las canciones de Pablo Cano y Nicolás Rodíguez despliegan alma viajera, ansiosa por esparcirse entre espíritus de facciones sonrientes. También se lanzaron a versionar clásicos del rock sinfónico identificado por su comprometida imitación como «Wish You Werehere», de Pink Floyd, en el recuerdo perpetuo a la guitarra de David Gilmour, cumbre del género. El sonido Tex-mex, recreando el ambiente de desierto californiano y Oeste cinematográfico, consiguió un epílogo internacional a un concierto íntimo.