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CINE PROPAGANDA
Película El primado de Polonia


J. G.
(Madrid, España)

El primado de Polonia
Ficha Técnica Video    
Las personas interesadas por la historia, la religión y las biografías sabrán quien fue Stefan Wyszynski. Aquellas que gravitamos sin conceder a un nombre más importancia que la despertada por la curiosidad o los azares de la vida no apreciamos su relevancia con fervor. La aportación del cardenal polaco como histórico de la religiosidad católica en su país es indiscutible. El largometraje firmado por Michal Kondrat estira la dimensión humana de una figura cálida para el devoto, cómoda en la exposición fácil de una época y poco interesante (si no aburrida) para el agnóstico. El cinéfilo imparcial es el menos afortunado.
El arranque resume la mala repartición de Europa por parte de los vencedores en la Segunda Guerra Mundial. El contexto de El primado de Polonia se instala en el socialismo ideológico que consideraba perdedores morales a los creyentes en la fe dirigida por el Vaticano. Roma combatía este desconcierto mientras un hombre se dedicó a repeler los mordiscos del enemigo en la boca del lobo. Lo religioso lanza al espíritu luchador desde la diplomacia de salón o en los altares. Este tratado de cortesía entre representantes de una Iglesia hierática que no les ha enseñado a sonreír, es amigo del bostezo fiel. Su circunspección dialogante es inexpresivas, sin alma. La lucha mantenida entre la política polaca y el representante eclesiástico muestra sus guantes de boxeo sin impactar, se expresa pero no emociona. Los representantes gubernamentales son presa del acartonamiento, como si se hubieran aprendido el guion de memoria. Las dos partes que pelean por la verdad (Estado e Iglesia) usan la palabra para presionar, haciendo del diálogo un combate ideológico. Ninguna se emplea con fervor aunque el enfado estatal sea más visceral que el purpurado. Dicho acorchamiento no facilita la originalidad: unos, guiados por la ceguera estalinista; otros, dirigidos por los preceptos de Pío XII hasta la llegada de Karol Wojtyla. La presencia de ambos es anecdótica. El destino estatal y popular pelea sin descanso. El papel del prelado salvador traspasa el espejo del tiempo hasta retroceder a momentos bélicos en la vida de Wyszynski. El cura rojo, como se le conocía durante el gobierno de Wladyslaw Gomulka, se enclaustra en una burbuja de rigidez interpretativa. Aparece un cardenal alejado del revolucionario que participó en el levantamiento de Varsovia. El defensor de los judíos ante el totalitarismo nazi queda sepultado. El beato encarcelado, y sometido a arresto domiciliario posterior, cede el testigo al diplomático acostumbrado a las batallas dialécticas con el PZPR (Partido Obrero Unificado Polaco) sobre mesas bien vestidas y salones cuidados. Entre las cesiones al juego político una vez que fue sacado de su reclusión, se encuentra la llamada ciudadana al cumplimiento de su labor como votante fiel, como si no hacerlo significara cometer un pecado mortal.
 
Stefan Wyszynski (Slawomir Grzymkowski)  
Wladyslaw Gomulka (Adam Ferency) en una arenga del Partido Obrero Unificado Polaco

La metáfora misericordiosa acerca la mirada al pastor que vigila su rebaño de lejos. Curas y políticos se mueven en el mismo escenario, enfocando cada uno la dirección de la custodia a su terreno. Ambas partes responden a una parcialidad defendida entre el misticismo y el plano terrenal. Las entrañas de Polonia luchan entre la imposición del mandatario trivial y la firmeza del prelado por liberar del sometimiento a la apuesta romana. Las referencias al monasterio de Jasna Góra, en Czestochowa, dan color documental al relato. La idea del perdón, familia y la concepción alientan la llama de una esperanza perdida. La película de Michal Kondrat, conocido por la temática religiosa de sus trabajos desde 2013 con Cómo derrotar a Satanás, es un ejemplo de cine propaganda sobre figuras de peso histórico y moral, una defensa contra la opresión del socialismo hermético y ateo sobre el cristianismo. Su resultado es distante, flojo en contenido y de duración excesiva. La narrativa histórica que recupera la persecución y relevancia del luchador por mantener una integridad cristiana en pie es pesada. Ni tan siquiera propone un levantamiento de los altares. Aunque el interrogante es inocente, alguien puede preguntarse ¿dónde está la Guerra Fría?

J. G.


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