A pesar del declive sexual, Casanova no rechaza los ataques de bulimia aristocrática. Su exilio londinense se deja atrapar por la seducción en su mediocridad amatoria, más cercana al adolescente ansioso que al conquistador implacable. En esta versión, el director francés, a través de una revisión vital, recorre el vacío del galán antiguo que no se deja llevar por el amor impulsivo. Se aparta del triunfo masculino mientras explora una atmósfera noble. La música clásica forma parte del elitismo, los ágapes sociales esparcen cotilleos, los bailes son frivolidades que acompañan y hacen perder el tiempo.
Vincent Lindon es un Casanova observador mientras prepara su diana. La relación con Marianne de Charpillon es una excitabilidad contenida. El deseo progresivo huye del amor fácil.
La pose de Casanova empolvado cede el protagonismo a una sombra desnuda de caretas, llena de carencias afectivas reales. Lo distinguido se mezcla con el olor a cerveza caliente de taberna popular. La soledad decadente de Casanova pasea por jardines de geometría inglesa. El fuego de un amor a punto de estallar se pierde por laberintos vegetales. El ofrecimiento placentero se envuelve en chantaje; el aleccionamiento de una madre en el comercio mercadea con el cuerpo de su hija. Casanova viven del sexo como igualdad social.